Martes, 04 Agosto 2015 00:00

Martes XVIII del Tiempo Ordinario 2015

Publicado en Ideas para hoy
Martes, 31 Marzo 2015 00:00

Martes Santo 2015

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Sábado, 09 Marzo 2013 00:00

Sábado III de Cuaresma

Lecturas: Os 6,1-6; Sal 50; Lc 18,9-14

La seguridad del pecador

Captación

Esta parábola de Jesús es bastante clara en cuanto a lo que quiere mostrar. La arrogancia del fariseo frente a la contrición del pecador. Detrás de la aparente pulcritud y rectitud puede esconderse una gran soberbia. El Señor nos enseña que la clave para ganar el favor de Dios es la humildad y el reconocimiento sereno de nuestra condición de pecadores.

Cuerpo

Pero hay algunos detalles importantes en esta parábola. Ella está dirigida a algunos que "teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás". El problama aquí no está tanto en sentirse seguro de uno mismo, lo que es algo deseable y es el principio de la libertad para poder actuar; el problema está en dónde ponemos nuestra seguridad. Aquí se trata, precisamente, de una falsa seguridad, una que se apoya no supuestos méritos y en la creencia de ser superiores a los demás, lo que es completamente falso. Es, por tanto, una seguridad ilusoria. El publicano, en cambio, se apoya sólo en la misericordia de Dios y se confía a ella al no tener ningún mérito propio sino el de ser un publicano, es decir un pecador. Al no tener nada propio de lo cual gloriarse, su seguridad entera está en el perdón de Dios, y ve que la única manera de obtener ese perdón, es arrepentirse y reconocerse necesitado de Él. Lo curioso es que el fariseo es, supuestamente, un hombre religioso, cumplidor de la ley. Pero aparentemente eso no basta. La religiosidad llena de soberbia es contraria a la naturaleza de Dios.

Conclusión

La enseñanza de esta parábola nos coloca frente a una pregunta esencial: ¿dónde ponemos nuestra seguridad? ¿En qué o en quién se apoya nuestra vida? El sentido de contrición y la conciencia de que somos pecadores y de que necesitamos del perdón de Dios es una condición esencial para poder obtener sus dondes y no caer en la trampa de la autosuficiencia.

Otras Ideas

  • El publicano salió "justificado". ¿Qué significa esto? El significado más directo y literal de esta expresión, es ser que alguien es declarado "inocente", libre de culpa. Pero, ¿puede alguien estar libre de culpa? Ciertamente, no. Sin embargo, precisamente eso es lo sorprendente del perdón divino. El perdón de Dios verdaderamente nos hace justos. No es como el perdón humano, que es siempre parcial. El perdón de Dios, cuando hay verdaderamente arrepentiemiento y propósito de enmienda, nos "justifica", nos hace inocentes ante Él. Es un perdón absoluto.
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    Miércoles, 06 Marzo 2013 08:45

    La naturaleza se rie del hombre

    Mientras el hombre no sea capaz de reproducir una hoja de yerba, la naturaleza reirá de su llamado "conocimiento científico". (Thomas Edison)

    Hay una enfermedad que el hombre ha venido padeciendo desde que se cometió el primer pecado: la soberbia. Pretender llegar a las alturas del conocimiento prescindiendo del autor del conocimiento, lo llevará a la ruina una y otra vez.

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    Miércoles, 06 Marzo 2013 08:41

    Cuando se ha cometido una falta

    Cuando se ha cometido una falta, no debe confesarse, sino obstinarse en ella hasta conseguir el éxito, cueste lo que cueste; así se triunfa. (Napoleón)

    Esta frase se puede utilizar como recurso "shock". Es decir se hace una citación que a todas luces es contraria a cualquier enseñanza evangélica; contraria a la humildad, a la caridad e incluso a la racionalidad. Pero, precisamente, puede servir para ilustrar, por contraposición, la naturaleza del corazón humano cuando se corrompe por influjo de la soberbia y del afán de poder.

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    Domingo, 03 Marzo 2013 00:00

    Domingo III de Cuaresma (C)

    Lecturas: Ex 3,1-8a.13-15; Sal 102; 1Cor 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

    Las más grande de las soberbias

    Captación

    La soberbia es uno de los pecados capitales, lo que significa que es a su vez "raiz" de otros pecados. Incluso algunos maestros de la vida espiritual lo señalan como "madre de todos los pecados". Todos los seres humanos llevamos dentro el veneno de la soberbia, y no pocas veces este vicio es encuentra escondido en nuestros comportamientos y pensamientos.

    Cuerpo

    La soberbia se podría decir que tiene dos movimientos. El primero es para con nosotros mismos: nos creems superiores a los demás y por lo tanto no somos capaces de aceptar nuestras fallas o errores; la soberbia, en este sentido, es grave porque conduce a la ceguera y a la cerrazón frente a la verdad. Pero además está el segundo movimiento, que implica a los demás. Al colocarnos por encima del prójimo tendemos a juzgarlo, pero no sólo a juzgar las malas acciones, lo que no es incorrecto, sino a juzgar las intenciones y las motivaciones de los demás, y a condenarlos. Jesús en muchas ocasiones critica duramente este vicio y lo pone al descubierto, por ejemplo cuando llama "hipócritas" a los fariseos, pues la hipocrecía es un tipo de soberbia.

    Pero las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy ponen a la luz la que es la más grave de todas las soberbias, que es la soberbia frente a Dios. Los fariseos se creen con derecho a decidir el modo de actuar de Dios y creen conocer sus pensamientos. El Señor les saca en cara su pretención y les dice que son ellos, antes que los demás los que necesitan conversión.

    Conclusión

    Y nosotros, ¿no necesitamos conversión? Estas palabras de Jesús hoy se dirigen a nosotros, porque muchas veces, a causa de la soberbia, no sólo ponemos a los demás bajo tela de juicio mientras somos laxos y benévolos con nosotros mismos, sino que también queremos "determinar" el modo de actuar de Dios y lo tentamos con nuestra terquedad. Incluso nos hacemos una "religión a la medida", escogiendo lo que nos conviene y descartando lo que no nos gusta. Detrás de ello se esconde una gran soberbia, pues nos constituimos en dueños de la verdad y creemos que podemos definir nuestro destino según se nos antoja.

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    Miércoles, 06 Febrero 2013 00:00

    Miércoles IV del Tiempo Ordinario

    Lecturas: Hb 12,4-7.11-15; Sal 102; Mc 6,1-6

    Jesús se maravilla por nuestra falta de fe

    Captación

    En este Evangelio hay dos que "se maravillan". Primero se maravillan los que escuchan hablar a Jesús y ven sus obras. Luego se maravilla Cristo de su tremenda falta de fe, tremenda hasta el punto de no poder realizar milagros. En otras palabras, Jesús se imposibilitado de realizar su misión. ¿Es esto posible? Ciertamente lo es, y es lo que también a nosotros debe llevarnos a maravillarnos por el modo como Dios respeta la libertad del hombre y lo invita a una respuesta de asentimiento a la invitación de Dios.

    Cuerpo

    Ahora bien, eso de que "Dios invita al hombre" a algunos no les resulta cierto porque afirman: ¿porqué Dios no se manifiesta de una manera más clara? ¿Acaso esperamos que se aparezca como se apareció a sus apóstoles luego de su resurrección? Pero los que hacen este tipo de razonamiento olvidan que fueron muchos los que contemplaron las obras de Jesús y no creyeron [Judas es el arquetipo de este caso]. En el Evangelio que acabamos de escuchar sucede exactamente esto: la presencia de Jesús entre ellos pone en evidencia un sinnúmero de prejuicios [tenían una idea propía acerca de cómo debía ser el Mesías; no podía ser un hombre cualquiera, como lo era el hijo de María y de José, un conocido] y con ello se imposibilitan a sí mismos a comprender el mensaje de Jesús. Paradójicamente, son muchas veces los paganos, y no los descendientes de David, los que abrirían su corazón a la Palabra de Jesús, justamente por estar desprovistos de falsas expectativas y de pretensiones.

    Esto nos causa maravilla: que Dios requiera de la libertad del hombre hasta el punto de no poder ayudarlo si él no da su asentimiento. La respuesta a Dios tiene que ser una respuesta libre y fundada en el amor.

    Conclusión

    No estamos excluidos de esta triste comprobación del Señor. Tal vez nosotros alguna vez también le maravillamos con nuestra dureza de corazón y nuestra falta de fe; cuando pretendemos que Dios actue según nuestros parámetros y criterios personales. Somos nosotros los que queremos dictar cómo se hacen las cosas, no Dios. Y decimos: "si Dios actuara, esto o aquello no hubiera sucedido". Es una grande soberbia la que lleva al hombre a poner a Dios en tela de juicio.

    Otras Ideas

  • La cultura actual es una que sólo cree en aquello que puede "probar científicamente". Pero al mismo tiempo da por hechas muchas cosas que también son imposibles de comprobar. En realidad, la causa de la incredulidad no es la falta de pruebas, sino el prejuicio y la cerrazón. Decía C. K. Chesterton: "el que no cree en nada, termina por creer en cualquier cosa". Muy cierto.
  • Lo que causa sorpresa es que Dios omnipotente se presente como uno que tiene nada de espectacular. ¿No es eso lo que se observa en el nacimiento de Cristo? Más allá de ciertos signos portentosos presentes en toda la vida de Cristo -la estrella, el bautismo, los milagros, etc.- Él se presenta al hombre como lo que es: un hombre. ¡Dios hecho hombre! pero su manifestación espera siempre la cooperación de nuestra libertad, de otro modo no podemos recibir el don. Nos sucedería como sucede a los hombres del Evangelio: vemos a uno que no tiene nada de especial, uno "como nosotros", el hijo de Fulano.
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