Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Jueves IV de Cuaresma

Lecturas: Ex 32,7-14; Sal 105; Jn 5,31-47

¿Creemos o no creemos?

Captación

Las palabras de Jesús en este Evangelio constituyen una dura crítica a muchos de sus oyentes, sobre todo a quienes cumplian cargos de autoridad religiosa y moral en el pueblo judío y se negaban a aceptar su predicación. Pero de este cuestionamiento del Señor podemos también nosotros sacar algunas conclusiones para nuestra propia vida.

Cuerpo

Con sus palabras el Señor denuncia una actitud hipócrita que tiene mucho que ver con lo que está sucediendo hoy en día con la religión. El Señor los acusa de no creerle a Él, que viene en nombre de su Padre, y sí a aquellos que vienen "en nombre propio". Luego les acusa de andar buscando la gloria, unos de otros, en lugar de buscar la gloria del único Dios. En los Evangelios, Jesús elogia a quienes, aún no conociéndolo como Mesias tienen un deseo sincero de encontrar la Verdad y la buscan con honestidad y trasparencia. Es el caso de aquel escriba, a quien el Señor le dijo: "no estás lejos del Reino de los Cielos" [Mc 12,34]. Por lo tanto, lo que el Señor critica y denuncia no es tanto una fe incipiente; ni siquiera las naturales dificultades que puede presentar la mente humana para adherirse a una verdad, sino la resistencia irracional a creer, la soberbia y los prejuicios; esa resistencia que, en el caso de los maestros de la ley judíos, se debía a que ponían sus intereses personales políticos o su posición de poder, o incluso simplemente su soberbia, antes que la aceptación de la verdad, que en este caso era Jesús mismo y su Palabra. Y lo interesante de todo esto es que aquella fe que no ponían en Jesús la ponían en ellos mismos, dándose gloria unos a otros. [Decía C. K. Chesterton: "Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa."].

Conclusión

Esa posibilidad de permanecer ciego ante la verdad que viene de Dios y ante sus manifestaciones es un riesgo latente para todo creyente. Tal vez no la completa cerrazón ante la Palabra o el rechazo de Cristo, pero si una fe "selectiva", que acepta lo que le conviene y obvia lo que le resulta más incómodo o menos creible. Es importante comprender que esa dureza o esa "selectividad" funcionan siempre con criterios poco racionales y arbitrarios, y no están lejos del cinismo de los fariseos o de la misma superstición, que muchas veces se cuela en nuestras mentes de una manera sutil.

 

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Miércoles, 13 Marzo 2013 11:04

Cuando se deja de creer en Dios

"Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa." (Gilbert Keith Chesterton)

El ser humano no puede vivir sin fe. Cuando no hay fe en Dios, el espacio que ella ocupa lo ocupa la superstición. Aún el hombre que vive en el ateismo más radical cree en algo, tiene valores o algún sistema de creencias sobre el cual fundamenta su existencia. Esta frase cobra una particular significación en nuestra sociedad actual, la cual está produciendo agnósticos en grandes cantidades. Más que "ateos", en el sentido preciso de la palabra, lo que abundan son hombres y mujeres que viven su vida como si Dios no existiera; pero a fin de cuentas, con mucha frecuencia, y cada vez más, se ve en estas personas esa inclinación a poner su fe en cosas futiles o a apoyarse en algún tipo de superstición, explícita o sutil.

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Lunes, 11 Marzo 2013 00:00

Lunes IV de Cuaresma

Lecturas: Is 65,17-21; Sal 29; Jn 4,43-54

El dilema de la fe y los signos

Captación

Estas palabras del Señor ponen en el centro de nuestra atención el problema de la fe: ¿qué es la fe? ¿qué significa creer? Por un lado nos demuestran que hay un lazo profundo entre el acto de la fe y los signos que Dios pone al alcance del hombre. Pero por otra parte, el Señor parece decir que creer a través de los signos es una forma de fe imperfecta: "si no veis signos no creeis". Pero los seres humanos necesitamos de signos, ¿no es así? ¿Cómo podemos resolver este dilema?

Cuerpo

El problema, en realidad, no es tanto "creer en los signos", sino qué lugar damos nosotros a los signos. La gran diferencia aquí es aquella que existe entre la verdadera fe y la idolatría. El Señor Jesús no condena una fe que se sirve de los signos o que surge gracias a ellos, sino una fe que pone condición para poder creer la producción de algún signo, algo que "garantice" o "asegure" la acción de Dios: "Como no veáis signos y prodigios, no creéis." Estas palabras de Jesús son una crítica a la incredulidad. Y la incredulidad que va en busca de signos que garanticen su fe es pura idolatría, pues el signo se convierte en un ídolo; en ello también hay mucho de superstición. Pero, ¿qué es lo que nos pide Jesús? Él nos pide creer en su Palabra, y es ella la base sobre la cual se debe apoyar nuestra fe. Los signos seguirán existiendo, porque Dios actúa por medio de signos; el evento principal de nuestra fe cristiana, lo que le da significado, que es la resurrección de Cristo de entre los muertos, es un signo. Así que sería tonto rechazar o minusvalorar los signos. El problema está en que los signos ocupen el lugar que debe ocupar nuestra relación personal con el Señor, que es una relación basada en el amor y en la confianza. Creer en Él y creerle a Él, creer en su Palabra.

Conclusión

Tal vez todo esto resulta un poco confuso. ¿Qué debemos hacer? ¿Creer o no creer en los signos? ¿Qué tan importantes son en nuestra vida? El dilema se puede resolver de la siguiente manera: existe una fe imperfecta que busca el signo para poder creer; existe una fe inicial, buena, pero no perfecta, la que contempla el signo y cree; pero existe una fe más perfecta, aquella que cree en la Palabra, aún sin haber visto ["Porque has visto has creído, dichosos los que creen sin haber visto" (Jn 20,29)]. Así que la pregunta es si nos podemos fiar de la Palabra de Dios. Del a palabra de los hombres, muchas veces no, pero de la Palabra de Dios, quien no deja "una iota sin cumplir", ciertamente debemos creer.

 

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