Jueves, 05 Diciembre 2013 12:26

Un recurso: la ilusión del Adviento

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No cabe duda de que el Adviento y la Navidad producen en los niños una natural ilusión. Hay una producida por el ambiente comercial y la proximidad de "Papá Noel", pero ciertamente no esa la ilusión a la que nos referimos, sobre todo porque hay muchos niños que no conocen en lo absoluto esa parte de la Navidad. Hay en cambio una ilusión que debemos aprovechar y que en todo caso debemos generar, si no la hay.

Todos los niños son afectados en este tiempo por el bombardeo agresivo de la propaganda y ambiente fuertemente materialista y mercantilista de este tiempo, así como por múltiples imágenes de la Navidad completamente lejanas a su sentido cristiano. ¿Es posible contrarrestar esta influencia desde el púlpito? ¿Qué debe decir el sacerdote en este tiempo a los niños y a los padres de niños pequeños?

El secreto está en primer lugar en un análisis detenido de la realidad. En muchas iglesias se utilizan como recurso las historias a manera de cuento, las imágenes o dibujos que representan escenas del Evangelio en forma de caricatura, los cantos para niños que narran el misterio navideño, etc. Esto parece poco cuestionable, pero si cometemos el error de reducir a ese tipo de acciones la catequesis navideña, en realidad podríamos estar siguiendo el juego de la cultura superficial y materialista que nos rodea contra la cual no podemos competir si lo hacemos en su terreno. La Iglesia tiene que actuar desde su propio terreno y en sus propios términos, incluso cuando se trata de hablar a los niños. Pensemos un poco: ¿no están presentes (al menos en América Latina todavía lo están) los elementos evangélicos en los anuncios publicitarios y en los cánticos infantiles que vienen en un CD con el periódico del domingo o con la compra de la canasta navideña? De hecho lo están. Aparecen mezclados el burro del nacimiento con los personajes de Disney y Papá Noel con el Niño Jesús. El comercio saca provecho también de los elementos que forman parte del significado original de la Navidad. No podemos competir en ese terreno. La ilusión que producen estas cosas necesita ser purificada y transformada en un veradero "entusiasmo navideño" a la manera de los niños, quienes recrean en su imaginación y con sus originales conceptos lo que entra por sus sentidos en un tiempo como este.

La catequesis y la predicación a los niños en este tiempo es un asunto tremendamente delicado. El sacerdote debe hablar de estos temas con gran detenimiento y sin caer en la banalidad. Es mejor no caer excesivamente en alusiones al sentido equivocado de la Navidad, como quien quiere establecer una comparación para descartar cualquier visión ajena a la cristiana. Este recurso con los niños no es muy efectivo. Es mejor hablar directamente del verdadero significado del misterio y hacerlo con gran cuidado y creatividad, sin pretender competir.

La Iglesia tiene el deber de conservar y transmitir el depósito de la fe. En lo que se refiere al Adviento y a la Navidad, este "depósito" debe tener a los oídos de los más pequeños una importancia enorme. Es conveniente concebir este ciclo como una sola cosa; de hecho la celebración de la Navidad encierra el misterio de la Salvación en toda su dimensión, lo que que la convierte en una ocasión privilegiada para una catequesis bien preparada y distribuida en cuatro semanas, en la que se explique de manera sencilla y cautivadora esta "historia" por partes, dejándolos cada vez con el deseo de conocer lo que viene la semana siguiente, hasta llegar al nacimiento de Cristo.

Los niños, a diferencia de los adultos, contemplan cada año esta historia como si fuera completamente nueva, escuchan los mismos pasajes del Evangelio con extraordinaria atención, se dejan cautivar por ese "aire" especial que se respira en la Iglesia. En el mundo comercial se habla de la "magia" de la Navidad. Pues esa "magia" es en realidad el efecto cristiano de este tiempo que ha sido manipulado y utilizado para otros fines. Nosotros debemos saber aprovecharlo con inteligencia y reclamarlo como patrimonio sin reducir todo a la típica homilía de "polémica" contra el espíritu mundano de la Navidad. Ello puede ser necesario pero no es el único camino ni el más efectivo.

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