Martes, 05 Marzo 2013 11:40

Maturin, el predicador (parte I)

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El contraste entre la notoriedad y la fama real es un tema que puede alimentar mucho la reflexión. Ambas coinciden en los grandes nombres de la historia. En Shakespeare y Milton, en Pitt y Fox, en Galileo y Newton, la calidad de la fama coincide con su volumen -su mucho reconocimiento. Pero entre la masa de hombres y mujeres que conocemos sucede de manera diversa -especialmente en nuestros días, en que la propaganda es tan común y tan efectiva para crear notoriedad periodística. Los nombres que todo lector del Daily Mail conoce en realidad no pertenecen su mayoría a los más grandes personajes. Los hombres de alta calidad no son condescendientes con el arte de la auto-propaganda. Ellos ejercitan sus dones de manera espontánea y con poco interés en el reconocimiento público. Por lo que el hombre de genio suele tener un círculo relativamente pequeño formado por aquellos a quienes su trabajo afecta directamente. El escritor tiene sus lectores, el artista sus seguidores y admiradores, el predicador su audiencia. Ese círculo siente hacia él lo que ninguna persona siente hacia el más notable de sus charlatanes; pero para la mayoría de sus conciudadanos su existencia es poco conocida, hasta que alguna circunstancia accidental ponga su genio a la luz de la opinión general.

El padre Basil William Maturin fue uno de esos hombres geniales que nunca se hizo propaganda a sí mismo, sino que realizó su trabajo en silencio y con gran determinación. El suyo no fue uno de los grandes nombres de su generación; pero sus dones tienen un lugar muy alto entre aquellos que siguieron su labor de predicador y fueron por él influenciados. El toque de la verdadera genialidad era en él inconfundible: sin embargo pienso que sus amigos sintieron durante su vida que a pesar de ser conocido como uno de nuestros mejores predicadores, el mundo en general tenía poca idea de la calidad de su mente, la que le dio tan especial posición entre sus discípulos y amigos. Pero cuando durante su Requiem la gran Catedral de Westminster se llenó de cerca de 2 mil fieles, algunos nos sorprendimos. Era algo verdaderamente notable el que muchos individuos se sintieran en deuda con él por su predicación, aunque no hubiera existido una comunicación abierta entre ellos y el p. Maturin, que es aquello que suele llevar al reconocimiento universal y a la fama. Cada uno de los que asistieron dijo: "debo tanto al padre Maturin que debo estar presente, aunque temo que no seremos tan numerosos como él se lo merece". Muchos cientos en Londres solamente afirmaro exactamente la misma cosa, mientras cada uno suponía que solo un puñado de personas pensaban así.

No tengo interés en narrar muchas cosas sobre las vicisitudes externas de la vida del padre Maturin. Ellas no fueron de gran importancia, excepto porque constituyeron oportunidades para el desarrollo de su trabajo y de su constante influencia personal. Dicho trabajo constituyó el inicio y el fin de su carrera. Fue hijo de un conocido Vicario de Grangegorman, quien fue casi el único clérigo de la high church en la Iglesia de Irlanda por setenta años. Trabajo en Inglaterra y en America como miembro de la Sociedad de San Juan Evangelista; fue misionero por dieciocho años como sacerdote católico. Durante toda su vida su influencia se dio a través de su predicación, sus retiros espirituales y la guía espiritual de muchas almas. En sus últimos años, sin embargo, pareció encontrar campo de servicio como capellán de los estudiantes católicos en Oxford. Pero otro destino le había sido decretado, y aquel que vivió con tanta pasión el drama de la vida humana tuvo que morir de manera heróica, protagonista de una escena terrible de ese mismo drama.

Me propongo aquí mencionar aquellas dotes que hicieron ganar al padre Maturin tantos corazones y almas para una vida buena y útil, y a menudo para una de profunda espiritualidad.

El padre Maturin fue un hombre en quien el celo misionero, el fuego del genio espiritual y una visión psicológica penetrante estaban combinadas en alto grado. Tanto desde el púlpito como desde el puesto de director de retiros espirituales, primero como miembro de la sociedad de San Juan Evangelista y luego por 18 años como sacerdote católico, estos dones fueron ejercidos con gran fuerza e influyeron profundamente en muchas vidas. Yo personalmente no había escuchado antes de ningún sacerdote en quien la palabra 'inspiración' pudiera ser usada de manera más adecuada. Sucedía con él en el púlpito lo que sucede muchas veces con un gran poeta, cuya conversación poco lo prepara a uno para el inmenso despliegue de imaginación y pasión o el poder de la expresión viva que se hacen evidentes cuando toma en mano su pluma. Con el pensamiento melancólico y la soledad como regla, el poeta enciende a los demás. En el padre Maturin, en cambio, era la presencia de seres humanos a los que se dirigía lo que encendía el fuego en él mismo, y la palabra hablada era su instrumento.

En su vida privada era un amigo encantador, lleno de simpatía, con una sencillez franca que caracterizaba siempre sus conversaciones. Le gustaba estar con la gente joven, a la que atraía y entusiasmaba con sus historias de fantasmas -pues el misterio le era totalmente connatural. Pero las características atrayentes de su personalidad ocultaban un poco sus dones más profundos. Su impulsividad irlandesa y su búsqueda de equilibrio, la coherencia de sus juicios, su adorable espíritu pueril, eran rasgos familiares que hacían de su suave expresión y de su extraordinaria penetración en el púlpito expresiones verdaderamente sorprendentes -en poca medida su agradable conversación tocaba las alturas y las profundidades alcanzadas por su predicación. Era como si un gran espíritu habitara en las profundidades de su alma, al que sólo la presencia de seres humanos en búsqueda de respuestas tuvieran el poder de evocar. Y lo hacían sólo de manera gradual, mientras el sermón iba tomando forma y el tema se iba desarrollando. El texto del Evangelio era leído de manera relativamente rápida y en bajo tono, sin emoción. El inicio generalmente era muy simple. Daba la impresión de que buscara en las cosas más simples y prácticas de la vida y no tanto en sus propios sueños o ideas. Gradualmente los pensamientos e imágenes que su tema necesitaba para la exposición e ilustración iban dándose forma a sí mismos. Luego se prendía el fuego y comenzaban a aflorar las magníficas expresiones que dejaron marcas en la vida de muchos de sus oyentes.

Para quienes no entendían sus sermones éstos algunas veces parecían melodramáticos, por la manera en que conducía los pasajes más encendidos. Pero para quienes lográbamos seguir su argumentación, su rasgo más impresionante era una fina percepción psicológica.

Los pasajes más impactantes eran aquellos que mostraban su profundo reconocimiento por esa visión de la vida que confunde la mente del escéptico o del hombre del mundo con las lecciones de cristianismo. Emepezaba por describir vivamente todo lo que se podría decir en contra de una visión religiosa de la vida humana, y luego, con la fuerza acrecentada por dichas concesiones, presentaba el mensaje cristiano como aquel que proporciona una explicación sobre la vida y una guía para la conducta que no se podría encontrar en ningún otro lugar.

Aquellos que estuvieron presentes nunca olvidarán su sermón pronunciado hace un año en la iglesia de Saint Mary, en Cadogan Street, a la muerte de un amigo profundamente amado por él y por muchos a los que dirigió su palabra. Qué dificil es a veces aceptar con firmeza la visión cristiana de la muerte, sobre todo cuando ella llama a nuestra puerta. Vemos la disolución de todos los poderes y facultades. Se nos dice que creamos en una vida más plena, pero sólo vemos el final. Se nos dice que creamos que es sólo el comienzo, pero cuán irresistible se nos sugiere en esos momentos una visión materialista del mundo. El aspecto físico de la muerte es tan obvio –el cumplimiento del ciclo normal que comprende el crecimiento, la madurez, el decaimiento y la extinción final. Estos es lo que vemos en el resto de la naturaleza que nos rodea, el mundo vegetal y animal. ¿Por qué deberíamos pensar que el hombre es una excepción? El aspecto espiritual de la muerte, la concepción de ésta como la entrada a una vida más plena y más rica es muy poco visible para los seres queridos que están al pie del lecho de muerte. Recitamos oraciones que presuponen esta visión de las cosas, pero la sensación de una extinción próxima amenaza con envenenarla y convertirla en una mera ilusión. El predicador de funeral normalmente se contenta con evocar el pasado, presentando a la persona fallecida como si siguiera en vida, recordando su amistad y tocando solo de manera muy breve y decorosa la cuestión acerca de su paradero actual, y de lo que realmente está sucediendo detrás del telón de la muerte. Este último aspecto es un momento muy difícil de afrontar, e inevitablemente, si se insiste demasiado en ello, hasta promueve un sentimiento de escepticismo, por lo que raramente se centra en ello una parte larga del discurso. Pero en esas ocasiones el p. Maturin insistía en ello con gran perfección y realmente lograba tocar el corazón de sus oyentes, de tal manera que lograba confortarlos y darles consuelo en medio de su tristeza.

Su éxito se debía su capacidad para afrontar de manera directa y con franqueza, en la primera parte de su discurso, los pensamientos escépticos que, si se dejan entrar en el subconsciente envenenan los contenidos de la fe y de la esperanza. Hablaba bellamente de la vida de la persona ausente, como un tesoro dejado para la memoria de quienes la amaron, como una riqueza eterna. Traía al recuerdo pequeños incidentes, maneras y hábitos que dibujaban a la persona y le daban vida nuevamente. Luego describía con gran precisión la impresión dejada a sus amigos en el lecho mortal, y expresaba como toda esa vida con sus felices recuerdos se había cerrado para siempre ¬–la carrera, la personalidad, volvían a la nada de donde salieron. Este método era en realidad el método de un cirujano que conoce la herida y hace realmente posible la curación. Algunas de sus palabras en el momento podían parecer casi insoportables. Pero de algún modo probaban el límite del escepticismo, y demostraba que cuando esos límites eran superados, el escepticismo no era de naturaleza racional sino sentimental. Era un sentimiento causado por la presencia y la presión de esta escena visible, que aparentemente absorbía y agotaba todos los aspectos de la muerte que claramente podemos imaginar. Y luego pasaba a la visión de la muerte que la fe cristiana nos ofrece.

Los pensamientos a medias, las aspiraciones frustradas y los sueños rotos que inapelablemente sugieren un ser propio más grande que de lo que esta vida puede comprender, son realidades que se sitúan más allá de esas categorías presentes en la vida vegetal y animal que sugerían al inicio que la muerte es la extinción definitiva del hombre y de su individualidad. Si queremos tener una imagen clara en orden a creer, entonces ciertamente no podemos ir más allá de aquellas imágenes que nos proporciona la experiencia terrenal. En ese caso nuestras creencias y deseos serían simplemente esclavos irracionales de nuestra historia pasada. En esa visión de las cosas, que el hombre nazca de la nada sería algo imposible de creer ya antes de que suceda. Pero si tenemos fe para ir más alto y admitir en nuestro pensamiento una visión sugerida por lo que es profundo e innegable, aunque compuesto de elementos oscuros y desconocidos, comenzaremos a pensar en la muerte de un modo completamente distinto. La comunión de los santos ya no es más un sueño irreal. Podemos pensar en la muerte de un querido amigo –decía el p. Maturin– como puede pensar una madre de su hijo en algún lugar lejano como la China o la India. Ella nunca conoció el lugar y no es capaz de imaginárselo, pero tiene un testimonio en el que confía, de que él está feliz y a buen recaudo, y rodeado de personas amadas a las que ella también conoce. La fuerza y la convicción con la que el padre Maturin hacía llegar esta visión cristiana de la muerte al corazón de sus oyentes se debía claramente a esa intuición psicológica penetrante con la que primero había adivinado y afrontado las primeras impresiones dejadas por los aspectos físicos de la muerte que con frecuencia mantenían oculto el lado espiritual. Esa sensación inquietante de la muerte como una mera extinción que llega espontáneamente a nosotros, perdía su poder al ser enfrentado con total franqueza. La primera parte de su sermón establecía con efectividad el espectro de escepticismo, y luego despejaba el terreno para la entrada de las visiones santas de la fe.

Todo esto no es sino un ejemplo del poder de este predicador al que escuché muchas veces, no más notable que muchos otros; pero sus palabras aún permanecen frescas en la memoria de quienes recibieron de él profundo consuelo y duradero.

[Traducción de la Introducción de la obra "Maturin, sermon and sermon notes", por Wilfried Ward.].

[Parte 2]

[Parte 3]

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