Martes, 03 Septiembre 2013 15:17

Maturin, el predicador (parte II)

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[Parte 1]

Su brillante capacidad intelectual poseía algo de esa incertidumbre que usualmente asiste a aquellos que poseen el don de la verdadera inspiración. En algunas oportunidades su musa [la inspiración] rehuía su llamado abandonándolo a palabras relativamente blandas, aquellas que usan los hombres y mujeres cuando aun no son conscientes de las más grandes verdades y sin embargo se ven obligados a hablar de ellas. Algunas veces un mero accidente era suficiente para desanimarlo y al tiempo algo igualmente casual podría reavivar nuevamente el fuego de su elocuencia. Poseía esa impresionabilidad propia de los irlandeses que muchas veces es indicativo de un brillante intelecto.

Me gustaría compartir un episodio que ilustra esta curiosa impresionabilidad. Hace unos seis años aproximadamente él se estaba quedando con nosotros en Eastbourne para predicar el sermón en la misa del Domingo por la tarde. Recuerdo que no se sentía bien, según creo por alguna minucia que lo preocupaba. Comentó que no poseía inspiración alguna y que el sermón esa tarde sería un fracaso tan miserable que deseaba evadir a toda costa tener que predicarlo. Nuestra vecina, una famosa pianista, la Señora Agnes Zimmermann vino a almorzar ese día y terminado el almuerzo toco el piano para nosotros por más de una hora. El Padre Maturín estaba tan absorto en la música que ésta lo transformó completamente activando a tal grado su poder de la imaginación y de la comprensión que esa tarde predicó el sermón mas excelente que jamás creo haberle escuchado sobre la historia de Job.

Tengo frente a mi algunos apuntes tomados durante uno de sus retiros espirituales. Estas notas nos acercan al hombre de una manera que ninguna observación personal mía sobre sus predicas podría llegar a hacerlo, así que voy a compartirles aquí algunas de esas notas.

Él era amante de la analogía entre el orden natural y el orden de la gracia e insistía que el trabajo sistemático en la lucha por ser una buena persona significa dedicarse a luchar por alcanzar una meta sobrenatural de aquellas que poseen las cualidades morales necesarias para el éxito de cualquier gran obra en la vida humana. El negarse a sí mismo, la perseverancia, la determinación, son las condiciones para el éxito tanto en el orden natural como en el orden de la gracia. Aquí hay un pasaje que ejemplifica esta visión: En el caso de un artista, estrecho es el camino y más angosta aun la puerta que conduce al éxito… la negación de uno mismo, la humildad, la paciencia y el amor hacia las enseñanzas del profesor (el coraje de Carlyle y su paciente empezar todo de nuevo después cuando en un acto de severa disciplina para toda la escuela, sufrió la quema de su volumen sobre la Revolución Francesa)… Otro ejemplo: un genio en la música es también poseedor de un gran don para lo social, pero debe sacrificar uno de los dos para conseguir el éxito: renunciar a sus distracciones sociales por el arte. Si lleva su renuncia a una esfera aun más alta podría convertirse en un santo… Otro ejemplo: aprender un lenguaje nuevo es aprender a ser paciente… Solamente siguiendo los principios de la ley moral podemos aprender alguna cosa. Debemos ser resolutos y de una sola intención si deseamos ver y aprender con exactitud la verdad. Benditos los puros de corazón, ellos verán la verdad… En toda la naturaleza, sobre cualquiera de sus secretos, esta posado su ángel guardián; nadie puede acceder a ella si no es paciente, humilde, puro, etc… La naturaleza nos enseña disciplina moral… el mundo es el mundo de Dios y por tanto, el orden de la naturaleza es el orden de Dios…

La dificultad está en que a diferencia del artista o el escritor devoto, los cuales poseen una idea clara de lo que quieren lograr y facultades que se adaptan claramente a la consecución de metas, en la religión sucede algo muy distinto: trabajamos para alcanzar metas cuya verdadera esencia será plenamente realizable en el otro mundo, pero las facultades que usamos se adaptan solamente al mundo en el que vivimos. Maturin desarrolla este tema de la siguiente manera:

Para nuestro trabajo en esta vida estamos adecuadamente equipados ya que por nuestras facultades nos es posible hacer todo lo que debemos en esta tierra desde que nacemos hasta la tumba. Si nos proponemos una meta terrena tenemos el poder en nosotros para realizarla. Pero nosotros no pertenecemos solo a este mundo sino también para la eternidad y para esta no estamos tan bien equipados… Muchas veces ha sido dicho que luchar por un propósito con tenacidad, es una facultad intelectual más que moral, ya que si vemos podemos ver el fin por el que luchamos, somos capaces de seguir luchando hasta conseguirlo. Cuando se trata del mundo venidero en cambio, no nos es tan fácil ver claramente este fin. Si somos seres de la tierra y del cielo, pareciera que no estamos tan bien equipados para esta doble tarea.

A primera vista diera la impresión de que Dios no ha cumplido plenamente su tarea, que nos ha creado para el cielo pero nuestra visión del mismo es tan obscura y el mundo que nos rodea tan atractivo y fuerte, que no pareciera posible lograr llegar al cielo. ¿Hay entonces algún plan para equiparnos con aquello que no poseemos por naturaleza? Dos cosas necesitamos para esta batalla hacia el cielo: luz y fortaleza. Sin contar con raras excepciones, el hombre no posee ninguna de estos dos dones desde su nacimiento –debe por tanto poseerlos sobrenaturalmente, para lo cual Dios nos da objetivamente la Revelación y subjetivamente la fe. El sol (la Revelación) no puede ser visto sin abrir los ojos (fe). Pero ¿es esto suficiente para conocer la verdad? ¿Acaso leer el Sermón de la Montaña y apreciar su belleza es suficiente para que realicemos el bien? Cristo nos da una visión clara pero tiene que darnos también poder espiritual. Darnos luz es relativamente fácil, darnos fortaleza es otra cosa… ya que Dios respeta nuestra voluntad. El poder que Dios nos da es uno al que nosotros tenemos que aferrarnos para hacerlo nuestro. La voluntad es el medio para hacerlo. Dios nos da poder en un estado germinal; todos nuestros poderes naturales son más grandes de lo que imaginamos pero no se comparan con la profundidad del poder espiritual que en nosotros es infinito, ya que es el poder de Cristo y no el nuestro, por lo que debemos ‘ir al pozo para sacar el agua.’ No somos conscientes de que el poder está allí hasta que lo intentemos.

Uno de los medios concretos que frecuentemente enfatizaba para ayudarnos a tomar consciencia plena de nuestro poder espiritual era decirnos que nuestros esfuerzos deberían ser en su forma positivos en vez de negativos. Que por medio de la oración y la meditación deberíamos luchar por tomar conciencia de las grandes metas espirituales y llenar nuestra imaginación con ellas para hacer de su conquista nuestro mayor interés e incluso ‘el romance’ de nuestra vida, en vez de simplemente luchar por evadir el pecado. Para alguien que piensa principalmente en la tentación y en la lucha por rechazarla, la religión puede convertirse en la negación de la vida, ya que cuanto más nos concentremos en la tentación y sus encantos, más nuestro entendimiento de la vida no podrá distinguirse del pecado. Si por el contrario, la imaginación y nuestra lucha se concentran en la imagen del bien positivo que debemos alcanzar en la vida, la religión se convierte no en la negación sino en la plenitud de lo que es lo mejor en la vida.

También enfatizaba, que el aparente bien que resulta de la ignorancia es precario y poco inspirador ya que pareciera identificar la virtud con la negación del horizonte del conocimiento por el cual la mente se fortalece y crece. Esa negación del conocimiento si bien en un principio es un aparente bien, muy fácilmente puede convertirse en lo contrario cuando nos descubrimos poseedores de un ‘conocimiento a medias’ que puede fácilmente llegar a estar en contradicción con la fe Cristiana. Por el contrario el Padre Maturín, nos exhorta franca y enérgicamente a enfrentarnos a todo tipo de conocimiento, confiados de que todo el campo de la verdad de Dios –material y espiritual- es armonioso y consistente. Este es uno de sus argumentos favoritos que desarrolla más ampliamente en el siguiente pasaje donde describe dos teorías de la acción en la vida:

1. Negativa, abstenerse de hacer el mal. 2. Positiva, realizar el bien y alejar el mal. Es claro hasta un punto que la una implica a la otra: si hacemos el bien, no hacemos el mal. Si nos abstenemos del mal implica que hacemos el bien. Pero la pregunta es: ¿cuál de las dos teorías sobresale como el campo propicio de nuestra acción? En la Antigua Alianza regida bajo la Ley se predicaba el ‘no’ es decir la negativa que implica lo positivo. En el Sermón de la montaña ocurre lo contrario: “bienaventurados los pacíficos” etc., implicando “malditos los que ocasionan disturbios.” Cristo evidencia lo positivo –la Antigua Ley lo pone en segundo plano.

Seamos positivamente “buenos” en nuestra acción, no negativamente buenos en la intención; no es la ignorancia el ángel guardián de nuestra fe, sino el conocimiento.

Las fuerzas a las que nos referimos muchas veces con el nombre de ‘descubrimientos’ de la ciencia (ej. la electricidad) son más antiguas que la Encarnación y estuvieron siempre en el mundo. Dios es el autor de todas ellas y da a nosotros todo este conocimiento científico de su obra. Si Él es el Dios de la Encarnación, ¿porqué, entonces tenerle miedo al conocimiento? Jesucristo fue positivo en sus palabras: “no he venido a abolir sino a dar cumplimiento”. Vencer al mal con el bien. (Por supuesto que a veces hay en la actitud negativa –abstenerse de algo– una utilidad y una razón, pero nos abstenemos de algo en orden a poder actuar más plenamente en el futuro. La disciplina del silencio, por ejemplo, se practica en orden a adquirir mayor eficacia en el hablar, tanto si se trata de hablar con Dios como con los hombres. Toda mortificación es muerte para la vida.

La mera bondad negativa que se obtiene no haciendo cosas malas, es pobre. En el día del Juicio, si decimos a Dios: Señor, no he dicho mentiras, no he hablado a espaldas de mi prójimo, no he cometido adulterio, etc., Dios nos responderá: hijo mío, dime lo que hiciste con todas las facultades que te di –tus manos, tus ojos, tu boca y tu corazón… Los católicos no estamos destinados a mantener nuestras vidas protegidas en una caja de cristal para luego trasladarnos intactos al Cielo. Debemos usar todas nuestras facultades en el mundo para dar gloria a Dios, de la mejor manera posible. Superar el mal con la fuerza del bien. Teatro, prensa, sociedad, etc.: no dejemos nada al Demonio absteniéndonos de todas estas cosas, pero al mismo tiempo hagámonos de ellas y usémoslas para Dios, convirtámoslas en católicas. Eso es lo que Dios quiere.

[Traducción de la Introducción de la obra "Maturin, sermon and sermon notes", por Wilfried Ward.].

[Parte 1]

 
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