Miércoles, 27 Noviembre 2013 00:00

Maturin, el predicador (parte III)

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[Parte 2]

El padre Maturin era de gran ayuda con quienes eran probados con dificultades intelectuales y morales contra la fe cristiana. Y también aquí, como en el caso de la resistencia al mal, animaba a una confianza positiva en Dios antes que a centrar toda la atención en las dificultades mismas, considerando que muchas de ellas están más allá de nuestra capacidad mental y pertenecen al universo de Dios, y por lo tanto no pueden ser resueltas en esta tierra. Nos encontramos con dos clases de dificultades: las que proceden de nuestra vida interior y las que vienen de afuera. Miremos las segundas... Ellas convierten nuestra vida en una prueba, un examen: y la última gran tormenta será siempre la peor de todas; pero si logramos atraversar las otras, lograremos también superar la última.

Entre las dificultades y problemas externos que encontramos están: 1. Las dificultades intelectuales. 2. Los problemas morales. Es tarea de la religión lidiar con estos problemas. Hay dos maneras de hacerlo: 1. Resolviéndolos completamente (o finjiendo que lo hacemos) y obteniendo de este modo la deseada paz, lo cual es imposible de lograr. 2. Creando una atmosfera de confianza, calma y paz, de modo tal que seamos capaces de esperar serenamente la respuesta.

Este segundo punto es precisamente en lo que consiste el trabajo de la Iglesia, la cual no existe para resolver todas las dificultades, muchas de las cuales no puede resolver (ya que su infalibilidad está confinada a lo referente a la revelación), pero si te confías a ella, la Iglesia puede darle a tu mente una atmosfera de perfecta calma moral y confianza… Una pregunta importante que surge frecuentemente en las mentes más devotas es: ¿por qué sufrimos? (Es común que algunas veces la miseria del mundo acabe con la fe de los hombres.)… y queriendo defender la reputación de Dios, piden que él juzgue al mundo a partir de los más altos principios morales, algo que Dios ciertamente no parece estar haciendo… ¿Qué entonces hemos de responder a la pregunta sobre el sufrimiento? A menudo nos cruzamos con hechos que pueden mitigar la dificultad como por ejemplo: un hombre que sufre de un terrible cáncer es objeto de compasión y es constantemente asistido por todos aquellos que son testigos de su sufrimiento, pero él mismo no se preocupa e inquieta por su situación. A menudo el hombre con cáncer esta interiormente feliz, porque ve y reconoce algo bueno en su lucha que otros no logran comprender. Así mismo Dios puede parecernos a veces un padre aparentemente duro y egoísta con sus hijos, pero si tuviéramos la oportunidad de preguntar a los hijos si concuerdan con nuestra opinión de su padre ellos seguramente tomarían la pregunta como un insulto… existe un círculo interno de personas que entienden a Dios porque confían en Él…

Es por eso que la dimensión personal en las relaciones humanas es esencial. Una persona puede influenciar a otra solo si puede crear una atmosfera de confianza personal. Si usted no confía en mí, yo no puedo realmente enseñarle o ayudarle, … tampoco va a ser usted justo en las opiniones que se forme de mi (Cor ad cor loquitur). El elemento personal es el más misterioso y al tiempo el más esencial en las relaciones de los seres humanos porque solamente estando en sintonía con una persona podremos entenderla. Dios es una persona y esa misma regla rige en nuestra relación con Él. Estando en sintonía con Dios podemos comprender sus caminos y aquellos que no comprendamos podemos acogerlos porque confiamos en Él. Nuestros problemas tendrán entonces mayor claridad. Estos extractos que aquí transcribo no han sido seleccionados de manera particular ni tampoco son tomados de los grandes sermones del Padre Maturín, son simplemente extractos que casualmente han llegado a mis manos –notas de un retiro dado a un grupo de señoras en un convento en Sussex- pero que describen íntimamente algo de su pensamiento y método.

Durante su reciente visita a Nueva York me entrevisté con él en varias oportunidades. Cenamos juntos el 14 de Marzo en la casa de un amigo que tenemos en común con el que se estaba hospedando el Dr. McMahon, rector de la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes. Nunca antes había visto al Padre Maturín tan saludable y contento. Me comentó que tenía planeado zarpar de regreso a Inglaterra en el Lusitania, un buque que consideraba uno de los más seguros del mundo y un triunfo de la ingeniería naval moderna, por su gran velocidad y completo equipo. En esa ocasión le comenté que había recibido un comunicado alertándome de que los Alemanes estaban determinados en destruir ese buque y que yo mismo estaba deliberando si no sería mejor zarpar en un barco Americano a mi regreso a Inglaterra el 3 de Abril. El Padre se burló de mis temores y me comentó que sus compromisos le impedían zarpar conmigo el 3 de abril pero que estaba tan empecinado en viajar en el Lusitania que a pesar de que le urgía regresar a Inglaterra lo antes posible, extendería su viaje hasta Mayo, fecha en la que el buque zarparía de nuevo.

Me reuní con él de nuevo a cenar algunos días después en casa del señor Augustus Paine con quien me encontraba hospedado. Veinticinco años atrás, el señor Paine había sido vicario de Cowley(*) y predicador en Filadelfia, cuando conoció al Padre Maturín se volvió su devoto discípulo y bajo su influencia hacía ya dos años desde que había sido recibido en la Iglesia Católica. En esta ocasión encontré al Padre Maturín más contento que de costumbre. Él era amante de una conversación amena y en esa ocasión nos quedamos conversando hasta mucho después de que todos los invitados se habían marchado. Era evidente para mí que el gran fruto de sus sermones en Nueva York lo habían alegrado profundamente. Es más, él mismo me comentó que se encontraba mucho más contento de lo que se sintió durante su última visita a América dos años antes. Su alegría me impresionó tanto que entre risas le dije que me daba la impresión de verlo diez años más joven y que yo quien soy nueve años menor que él me sentía mucho mayor en comparación.

Nos vimos en otra ocasión cuando me encontraba hospedado con mi amigo el señor Tomas Kelly, en el hotel Buckingham en Nueva York. El señor Kelly había invitado al Padre Maturín y al Doctor McMahon a una cena de despedida en mi honor el Jueves Santo, antes de que yo zarpara para Inglaterra en la mañana del Sábado Santo. Una vez más el Padre se encontraba de muy buen ánimo y se quedo con nosotros un largo rato después de la partida del Doctor McMahon. Cuando finalmente le llego la hora de marcharse yo le dije: ‘nos despedimos hasta que volvamos a vernos en Inglaterra’ a lo que él me dijo: ‘no, quiero venir a despedirte el Sábado cuando zarpes en el Lusitania.’ La tarde siguiente recibí un mensaje del Padre en el que me compartía que se encontraba tan agotado que no podría cumplir su plan de acompañarme cuando zarpara el sábado. Creo que la intensidad de sus predicas ese Viernes Santo en la Iglesia del Doctor McMahon lo agotaron. Esta fue la última vez que lo vi.

A pesar de que había escuchado a la señora Paine comentar que los sermones que el Padre predico a principios de su viaje fueron excepcionales, debo decir que el que yo le escuche predicar tuvo que haber sido uno de los peores. Su prédica carecía de estructura y los primeros veinte minutos dejaron mucho que desear, pero cuando le invadió la inspiración su sermón dio un gran giro y a pesar de que no pudo enmendar totalmente la falta de unidad del accidentado principio, logró sin embargo que se me grabaran en la mente esos pasajes dotados de intuición psicológica que muy a menudo era su arma desde el pulpito. La muerte del Padre Maturín fue la muerte de un héroe y por una feliz coincidencia han llegado a nosotros algunos de los detalles que acontecieron ese día. Ese fatídico viernes siete de mayo alrededor de las dos de la tarde el Padre fue visto abordo rezando su Oficio. El torpedo impactó el buque poco antes de las dos de la tarde ese mismo día. ¿Cuánto tiempo le habrá tomado al Padre darse cuenta de lo que estaba sucediendo? No lo sabemos; pero el testimonio de una sobreviviente cuenta que poco antes de que el buque se hundiera el Padre luchaba por tranquilizar a la gente, daba la absolución a aquellos que la requerían, mientras les ayudaba a ponerse el chaleco salvavidas y se aseguraba de que las mujeres y niños subieran a salvo a los botes salvavidas. La sobreviviente cuenta que ella misma fue ayudada a subir a un bote por el Padre Maturín y que justo antes de que el bote comenzara a alejarse del naufragio él mismo le entrego a un niño y le pidió que por favor se encargara personalmente de encontrar a su madre. Luego se paró erguido, blanco como una sábana pero absolutamente tranquilo esperando el final. Es probable que con su aguda comprensión del drama de la vida, para entonces ya se hubiera percatado de que se encontraba próximo a la muerte.

Cuenta la testigo que el Padre no se puso un chaleco salvavidas y que tampoco se quitó su saco, no trato de evadir la realidad, simplemente esperó la muerte. Podríamos imaginárnoslo en ese momento como siempre había sido: intensamente humano e intensamente espiritual. Siendo absolutamente consciente de que se aproximaba la hora de su muerte y sin embargo preocupado por hacer el bien hasta el final, ayudando a las personas y suplicando a Dios fortaleza y apoyo. Su muerte es para nosotros una pérdida más grande de lo que la gente se alcanza a imaginar. Su don para penetrar las mentes es poco común y aún más difícil de encontrar entre católicos que entre otras personas, porque la rigidez de algunas de nuestras tradiciones puede muchas veces encasillar a mentes menos astutas y fijarles tan inflexiblemente su rumbo, que pierden la frescura de la imaginación volviéndolos incapaces de dialogar con alguien que tenga un punto de vista diferente al de ellos. Esta forma imaginativa de comprender otros puntos de vista es uno de los dones más importantes para ganar almas al Cristianismo y a la Iglesia Católica.

El Padre Maturín no congeniaba en absoluto con los excesos del modernismo y ésta creo fue la causa de que la publicación de la autobiografía del padre Tyrrell le significara un profundo dolor pues hasta entonces había admirado enormemente algunas de las enseñanzas espirituales contenidas en muchas de las primeras publicaciones del padre Tyrrell con quien además sostenía una amistad muy cercana. ‘Nunca jamás volveré a tener algún interés en algo que Tyrrell haya dicho’, fue su comentario después de terminar de leer la autobiografía. Por otra parte detestaba a los antimodernistas radicales y a semejanza del Cardenal Newman, se entusiasmaba al enfrentarse a nuevos descubrimientos que de una forma u otra pudieran cambiar nuestra manera de entender el universo y de proclamar las verdades antiguas de una forma nueva, que supla las necesidades de la generación contemporánea. Podríamos describir su temperamento como conservador pero al tiempo moldeable y plástico. Sus conocimientos teológicos no eran lo suficientemente amplios como para hacerlo totalmente consciente de los retos que la puesta en práctica de sus principios significaba, pero su temperamento y sus mismos principios resultaban muy consoladores para todos aquellos que acudían a él.

Sus libros no alcanzan a plasmar apropiadamente su manera de pensar, pero debo decir que su libro titulado ‘El Precio de la Unidad’ va a desempeñar un papel importante en la futura controversia Romana. Es importante decir que la grandeza de este hombre no ha de ser encontrada en sus escritos porque ésta era inseparable de su viva personalidad y por ende no puede jamás ser remplazada. Su pérdida es irreparable y a pesar de que nada puede reemplazar la magia de la palabra hablada, la colección de notas y sermones que sobreviven pueden mitigar en algo su pérdida, manteniendo un record de sus grandes pensamientos frutos de la inspiración.

Wilfrid Ward.

(*) ‘Cowley’ se refiere a una orden Religiosa Anglicana para hombres. El nombre de la orden es: Society of St John the Evangelist (SSJE). Los vicarios de la orden son llamados ‘father Cowley’ ‘vicarios de Cowley’ ya que fue en Cowley, Oxford, donde se origino la orden.

[Traducción de la Introducción de la obra "Maturin, sermon and sermon notes", por Wilfried Ward.].

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