Lunes, 09 Diciembre 2013 12:01

El incansable Edward Manning

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[Les presentamos a continuación un artículo escrito hace siglo y medio en el New York Tomes acerca de la figura del Card. Manning. En su mayoría el contenido es anecdótico y no se refiere directamente a aspectos relacionados con el arte de la predicación. Pero está muy bien escrito y resulta un cuadro muy pintoresco de la época sobre tres figuras excelentes de la oratoria mundial. Así que vale la pena. Algunos comentarios sugerentes relativos a la oratoria sagrada los comentamos entre corchetes]

La fuerza del Cardenal Manning como predicador

En qué se asemejan él, Mr. Gladstone y Horatio Seymour y en qué se distinguen claramente

Londres, 27 de octubre.— Entre la media docena de personajes a los que uno quisiera ver durante una estadía en Inglaterra no puede no mencionarse al Cardenal Manning. Se podría dejar fuera al Cardenal Newman y a Ruskin, tal y como el mismo Carlyle fue obviado durante su vida –pues estos tienen para nosotros una personalidad que se deja ver toda en el papel impreso, la cual en todo caso podría únicamente ser señalada o destacada en algo —o incluso debilitada— por una aparición del personaje mismo. Pero tal vez hay otros, no potencialmente más grandes que estos, a los que uno necesariamente tendría que ver si quisiera conservar una memoria viva de su generación. Presumo que la mayoría de personas incluiría a la Reina en esa lista, en parte porque se trata de una gran figura histórica en estrecho contacto con medio siglo de acontecimientos, pero sobre todo porque es un espectáculo tan raro como un trébol de cuatro hojas. Luego están Gladstone y Bright, cuyos títulos habría que considerar incontestablemente. Luego quedan un par de vacantes para llenar con gustos personales y luego el Cardenal Manning, el cual no puede quedar fuera.

Sentado en la nave central, repleta de gente, de la pro-catedral de Kensington el último domingo mirando y escuchando a Su Eminencia, me parecía que no hay en este momento otro inglés en vida más destacado que él. Estaba ubicado en un lugar incómodo y un tanto extraño, abajo del púlpito, y para poder mirar al predicador tenía que inclinar la cabeza hacia atrás y hacia un costado con dolorosas consecuencias. No existe otro orador en el mundo por el que hubiera estado dispuesto a someterme a mí mismo a esta clase de tortura física. A pesar de la incomodidad no despegué mis ojos del Cardenal ni por un instante. [Esto muestra el efecto “cautivador” que puede producir un buen orador. Nótese que el escritor del artículo no es alguien que se entienda de sermones o de teología, sino un periodista, educado ciertamente, pero al fin y al cabo un fiel como cualquier otro. Más adelante se detalla qué es exactamente lo que produce en él un efecto casi hipnótico.]

Era el último de una serie de tres sermones dedicados a la educación cristiana; los escuché todos. No era una oratoria particularmente convincente o conmovedora. Nada de retórica o frases hechas, ni pathos ni pintoresquismo. De principio a fin no había ni un solo toque de poesía, por una parte, o de ligereza –no quiero decir frivolidad– en el tratamiento por otra. Ni siquiera había una pizca de maquillaje artístico, que puede hacer efectivo un lleno de lugares comunes, pues el discurso no tenía forma aparente y podría haber empezado y terminado en cualquier parte. Sin embargo, un caballero americano con el que me crucé, dijo mientras pasaba: “ha sido el sermón más extraordinario que he escuchado en toda mi vida”, y no había modo de disentir. [Es muy interesante esto y las siguientes líneas, pues el autor no llega a explicar en qué exactamente radicaba el atractivo del sermón; éste no contenía grandes elementos propios de la técnica oratoria, sin embargo fue escuchado como un “sermón extraordinario”. Lo que sigue en las siguientes líneas acerca de la imagen física de Manning es un añadido puramente anecdótico y debe ser considerado como tal. Tal vez se podría decir del estilo de Manning, algo que se decía de los sermones de Newman, de su misma escuela por cierto: que no había en él grandes gestos poéticos o grandes movimientos expresivos, sino la absoluta claridad y sencillez comunicativas para expresar con lógica contundente una serie de verdades, un sentido común pulidísimo para afrontar argumentos y presentarlos. La oratoria más excelsa, consiste exactamente en eso. Miremos, si no, al mismo Jesús en los Evangelios.]

Es muy difícil decir en dónde exactamente radicaba su atractivo. No hay duda de que radica, en buena cuenta, en su maravilloso rostro y en la forma de su misma persona, así como en los pensamientos que su visión suscitaba. Mirándolo, con la luz del sol filtrándose a través de la ventana del altar hasta su roja capa y su bonete –un rojo ligero, vivo y claro, por cierto, muy distinto en su conjunto al color que modistos y calceteros denominan “cardenal”– y estudiando su cara y sus gestos, fue apareciendo en mi mente la idea de un cierto parecido a dos viejos famosos. El trío se me apareció en mutua relación cronológica por “mère nature” hace casi ochenta años, pues Manning nació en 1808, Gladstone en 1809 y Horatio Seymour en 1810. Los tres poseen esa extraña similitud que uno puede observar a veces en los hermanos. Poniendo al primero y al último juntos no se deja ver parecido alguno, pero si se coloca al segundo en el medio éste sirve como de puente de semejanza entre los otros dos; de un golpe se puede ver el parecido que conecta a los tres.

Físicamente, el Cardenal Manning es el sueño de la demacración, y mentalmente del celo. Su rostro está más que demacrado; es espectral en su delgadez. La cresta ósea de su mejilla, desde la oreja hasta ojo se destaca como un dedo puesto sobre la carne. Dos cavidades profundas se dibujan alrededor de sus ojos. Sus labios delgados y cavernosos. Su frente superior sobresale como si quisiera forzar la piel estirándola. Es una cara que cualquier pintor buscaría para la máxima espectacularidad de efecto en una escena de lecho de muerte. Sin embargo, este viejo extraordinario es el más trabajador clérigo, publicista y administrador de Gran Bretaña. Lee, escribe, piensa, recoge estadísticas, audita cuentas financieras, estudia sus declaraciones, proyecta líneas, de acción, organiza sociedades, prepara artículos, predica sermones, supervisa publicaciones, observa la política, dirige encuentros sociales, acoge a visitantes, distribuye caridad personalmente; en otras palabras, es el hombre más activo de su generación. El Sr. Gladstone, quien es un año más joven, se ha visto obligado a alejarse de las tareas más exigentes de la vida pública. El gobernador Seymour se ha retirado completamente. En cambio, el Cardenal está desplegando más trabajo este año, su septuagésimo séptimo, que nunca antes.

El rostro del Sr. Gladstone es igual al del Cardenal Manning a excepción de la protuberancia de su frente y de un poco más de carne. La expresión de sus ojos y sus rasgos es en algunos momentos de exaltación extremadamente parecida a la del Cardenal, pero normalmente sus ojos son más sombríos y meditativos que ansiosos, y su cara más reposada. El gobernador Seymour, nuevamente, presenta este mismo rostro, cubierto por generosas porciones de carne, con ojos bondadosos, frecuentemente meditativos, raramente ansiosos y jamás sombríos. Estas diferencias reflejan las naturalezas de estos hombres. El Cardenal Manning es todo fervor, actividad, denodado celo, arrastrando incansablemente su frágil cuerpo a través de un día interminable de trabajo. El Sr. Gladstone gusta del trabajo pero también del descanso. Rara vez se involucra con algo de manera tan intensa, con tanta fuerza, que deje de percibir las exigencias de esa otra dimensión de la vida. El Cardinal Manning no duda acerca de las cosas y hace uso de su magnífico arsenal con maestría y astucia contra el adversario; el Sr. Gladstone mira desde todos los lados de las cosas y polemiza consigo mismo tanto como con los demás. Al Gobernador Seymour no le gusta el trabajo por el trabajo, y más bien busca con gran entusiasmo el descanso. Así que esta pequeña gama va del entusiasta y fanático incansable, pasando por el estadista multifacético, sobrio en sus encantos, al filósofo de mente fácil, que se emociona por nada y piensa fervorosamente acerca de todo.

Tomemos el trabajo de estos tres. El Cardenal Manning es un hombre resuelto, totalmente enfocado en una sola visión de la existencia. Si en su denodada actividad se confronta y trabaja con la educación, las costumbres, la moral social o la política, lo hace siempre a partir de una única dirección y que lo precede y con un propósito único. Jamás hace algo porque le gusta hacerlo, o porque el trabajo sea una diversión. Cada tarea que realiza apunta a un objetivo específico y dicho objetivo está siempre en línea directa con su misión en la vida. El Sr. Gladstone es capaz de relajarse y de disfrutar de excursiones ocasionales al margen de su carrera política. Se deleita traduciendo a los clásicos y escribiendo ensayos teológicos. La edad avanzada del gobernador Seymour está hecha también de este tipo de excursiones, y prefiere mantenerse alejado de la pretensión de una misión personal única. No le preocupa producir en abundancia, pero sí parece haber una catolicidad verdadera en su elección de sus temas –la grandeza histórica de los Iroquois, la importancia del Erie Canal, los placeres de la agricultura, la ética de la educación femenina, el carácter de nuestros colonos holandeses, el valor del queso como alimento básico, la iniquidad de una tarifa proteccionista–, y podría extender la lista hasta el final de la página. El Cardenal, por su parte, ha realizado cosas que nunca podrían ser hechas por el Premier. Ambos ingleses han llenado un espacio mucho mayor a los ojos del mundo que los americanos y han obtenido resultados comparados con los cuales sus labores parecen pequeñas. Pero ninguno de ellos hubiera sido capaza de dirigir ese pequeño discurso a los reclusos que realizó el Gob. Seymour en Auburn hace algunos años. Ni la silla episcopal del Palacio de Westminster ni el banco del Tesoro ha proporcionado la ternura, la dulzura y la apacible filosofía de la edad a su ocupante que la casa de campo en las montañas de Deerfield le han dado al Gob. Seymour. [Cada uno produce lo que puede de acuerdo a su carácter, a su historia y a su contexto. El sacerdote no es un orador político, sino uno sagrado. Alguna vez escuché un comentario acerca de un sacerdote con grandes dotes de orador; otro decía de él: “como orador es extraordinario pero como predicador no vale nada”.]

Estos tres hombres empezaron su vida casi al mismo tiempo. Seguramente comenzaron con el mismo poder cerebral, con la misma fuerza corporal, con las mismas ventajas propias una ambiente doméstico confortable y refinado. Casi al mismo tiempo, en la plenitud de su humanidad, el Dr. Manning pasó al catolicismo, el Sr. Gladstone se ganó un lugar prominente en el Ministerio y el Sr. Seymour se convirtió en Gobernador de su Estado. No puedo imaginar fácilmente un estudio en biografías comparadas más interesante y más instructivo que el ofrecido por las diferencias y los parecidos de estos tres personajes.

Hay un curioso sutil manierismo que los tres tienen en común, el cual desde el inicio me sugirió un claro paralelismo: el gesto favorito que utilizan para enfatizar puntos con el índice de la mano derecha, mientras los demás dedos permanecen plegados y unidos al pulgar. Los tres hacen esto en la misma precisa manera, y ellos son los únicos a los que he visto hacerlo. H. F. [Esto es sumamente importante: la potencia de un gesto. En este caso el autor lo define casi como una marca de distinción. Podría parecer una frivolidad, pero no lo es necesariamente, pues es una especie de añadido personal y de carácter que singulariza a la persona y la hace más atractiva para ser escuchada. Es cierto que se trata de un componente casi “comercial”, pero es útil a la comunicación. Además se trata no de un gran gesto, sino de algo muy sutil, no estudiado, que se produce de manera casi espontánea. Muchas veces nos hemos visto realizando un gesto que, sin querer, hemos asimilado por fuerza de imitación, tal vez de nuestros padres o abuelos, tiendo a pensar que es algo así.]

[Traducción de un artículo publicado en el New York Times, 9 de noviembre de 1885.].

[Traducción con derechos reservados.]

 
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