Martes, 30 Septiembre 2014 00:00

Martes XXVI del Tiempo Ordinario 2014

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Lecturas: Job 3,1-3.11-17.20-23; Sal 87; Lc 9,51-56

  • El peso de la libertad. En este breve episodio de la vida de Cristo queda reflejado muy bien el peso enorme de la libertad humana. Existe siempre la posibilidad de que los hombres le digan "no" a Dios. A pesar de que nuestra consciencia muchas veces nos advierte acerca de la realidad objetiva y somos perfectamente capaces de distinguir el bien del mal, tomamos la decisión de "cerrar nuestras puertas", como los samaritanos. Con nuestra libertad, elegimos cerrar nuestra mente y nuestro corazón a la verdad y al bien. Es cierto que nuestra libertad muchas veces está mediada por dificultades personales, un cierto grado de inadvertencia o falta de conocimiento, así como circunstancias que pueden hacer de "atenuantes", y por eso el Señor es paciente con los hombres. Pero también es cierto que existe siempre algún margen para elegir, y para ir educando poco a poco, con esfuerzo, nuestra libertad, a fin de sustituir nuestros hábitos de esclavitud, por hábitos de libertad.
  • Dios no se venga pero corrige. A veces se discute acerca de si Dios castiga o no castiga. Es un tema dificil; ¿quién podría afirmar de manera categórica que Dios sí castiga, o que Dios no castiga? Además, es complejo tratar de atribuir a Dios una realidad tal como la vivimos los hombres. Más importante que determinar esto es considerar algo que se deriva de este Evangelio: que Dios hará siempre todo lo posible por salvarnos -por salvarnos del mal, e incluso de nosotros mismos-. Esto descarta radicalmente la posibilidad de que Dios en algún caso practique la "ley del taleón", es decir decida punir retribuyendo con el mal a quien comete el mal. En realidad se puede colegir perfectamente de la Palabra de Dios, especialmente de los Evangelios, que Dios busca siempre nuestra salvación, y si en algún caso decide corregirnos o permite que suframos las consecuencias del mal o de nuestros propios pecados, es sólo con el fin de que nos arrepintamos y nos salvemos. Sin embargo, ninguna de estas cosas garantiza nuestra salvación, pues como vemos en el Evangelio, el hombre puede perfectamente decirle "no" a Dios, y rechazar su ayuda. Y Dios, definitivamente no puede salvar al hombre si este no lo conciente. ¿Qué debemos hacer ante la corrección de Dios? ¿Qué haremos frente a las muchas veces en que nos llama a la conversión?
  • El prejuicio por encima de la caridad. Los hombres de Samaria no reciben a Jesús porque éste se dirigía a Jerusalén. Es decir, ponen la ideología o sus prejuicios sociales por encima del bien concreto, que es acoger a alguien que necesita ser acogido, más aún cuando ese "alguien" era aquel Maestro famoso por sus buenas obras. ¿Qué sucede cuando se colocan los prejuicios por encima del ejercicio de la caridad? La consecuencia inmediata es la cerrazón al amor y un "endurecimiento" que nos sume en el egoísmo y nos impide ver el bien mayor, que es la atención del necesitado. Pero la otra consecuencia, tal vez más grave, es el rechazo de Dios. Este tipo de actitudes limitan la acción de la gracia en nosotros no permitiéndole obrar nuestra conversión. No es Dios quien "se aleja" de nosotros -como sucede con Jesús en el Evangelio-, sino que nosotromos lo ahuyentamos.
  • Desgarramiento por el dolor. Las palabras de Job son muy duras. En apariencia constituyen un rechazo de Dios o de sus planes, pues en ellas, este pobre hombre parece lamentarse de haber nacido e increpa a Dios por permitirle seguir viviendo. Sin embargo, las apariencias no son todo; si uno lee completo este libro, se dará cuenta de que Job, a pesar de todos sus lamentos -que alcanzan una profundidad desgarradora recordándonos cuánto el sufrimiento pueda llegar a ensañarse con algunas personas en particular- nunca llega al rechazo definitivo de Dios y de sus designios. En medio de su tremendo dolor, permanece aferrado a su destino, y este al final se revela positivo. Todo esto nos revela una dimensión importante de nuestra vida religiosa: que la fe, cuando es profunda, puede efectivamente constituir una fuerza tremenda que saque al hombre de la oscuridad en la que nuestra fragilidad o las circunstancias muchas veces son capaces de colocarnos.
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