Jueves, 19 Marzo 2015 12:36

Lo que pensaba San Bernardino sobre la predicación y sobre los predicadores

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[Tomado de: "San Bernardino de Siena", de A. G. Ferrers Howell, cap. III - Los sermones de San Bernardino (pag. 218-220).]

La fama de Bernardino en sus días se basó sobre todo en su extraordinario poder como predicador; de hecho, es una gran fortuna poseer un gran número de sus sermones, los que nos dan una idea bastante clara de cómo era su predicación. Pero antes de abordar sus sermones desde una perspectiva general, puede ser muy interesante citar algunos pasajes que nos dan su visión concreta acerca de la predicación y de los predicadores.

El siguiente estracto de uno de los sermones en Siena nos da su idea de la importancia de la predicación: "¡Cuántos habrá el día de mañana que digan 'no sabía lo que estaba haciendo; pensaba que estaba haciendo el bien, pero estaba haciendo el mal'! Pero al escuchar un sermón, uno dice para sí: '¡ahora sé claramente lo que tengo que hacer! ... Y cuando estén por realizar alguna acción, primero lo pensarán dos veces, dicendo, '¿qué fue lo que dijo Fray Bernardino?' Y se lo repetirán una y otra vez: 'esto está mal, no se debe hacer; esto es bueno, ¡lo haré!' ¡Y todo esto por la palabra que escucharon durante el sermón! Pero, díganme: ¿qué sería del mundo, es decir, de la fe cristiana, si no hubiera predicación? En poco tiempo moriría ..."

[Estos comentarios demuestran el extraordinario sentido práctico de Bernardino en lo que concierne a la predicación. Para él, se trataba fundamentalmente de inspirar en las personas pensamientos y afectos que finalmente apunten a transformar la propia acción para que sea más acorde con el Evangelio. ¿Qué otro sentido podría tener la predicación? Por eso es tan importante lo que hemos repetido muchas veces acerca de la homilía, ¡la forma es importante! porque ella es la que deja huella en la memoria y en los sentimientos de la persona. Tal vez en una conferencia teológica sí, pero en una homilía no se trata de dar un contenido teórico y sistemático, sino de comunicar la urgencia de la conversión en los oyentes; claro que esto se puede lograr de muchas maneras, unas más directas que otras, pero es ese siempre el objetivo.]

... Es por todo ello que la Iglesia ha ordenado que, por obligación, haya predicación al menos los domingos; puede ser corta o larga, pero lo importante es que haya. ¿Cómo podría uno creer en el Sacramento del Altar si no fuera por el sermón que se acaba de escuchar? ¿Cómo podría uno darse cuenta de sus pecados, si fuera por la predicación de los sacerdotes? Casi todo lo que uno sabe acerca de la fe viene por la predicación que llega a los propios oídos; se pasa del conocimiento a la fe. Todo lo que sabes y todo lo que tienes viene de la Palabra de Dios; y, como regla general, lo que poseemos en relación con la fe en Jesús viene casi exclusivamente de la predicación; mientras haya predicación la fe no desaparecerá. "

En otra de sus obras, 'De Evangelio Aeterno' (II, 61), San Bernardino señala: "La gente que vive sin la Palabra de Dios, aunque atiendan a la Misa, son como el mundo sin sol".

En relación con los predicadores y su preparación, Bernardino hace una pequeña síntesis en su sermón n. 58 (idem, II, 396); luego de hablar de las excelencias de la predicación de San Francisco, observa que existen tres clases de predicadores: "Algunos -dice- blanden la espada de su discurso con sus manos pero no llevan en su boca aquella semilla -como dice Lucas VIII- que es la Palabra misma de Dios; estos son los que tienen vida pero no aprenden, y sobre ellos Jerónimo dice en su 'Prólogo a la Biblia' que "la santa ignorancia sólo saca provecho para sí misma; y en proporción a la edificación que brinda a la Iglesia de Cristo por su vida meritoria, es el daño que hace cuando no puede defenderla de sus opositores" [esto, evidentemente, sólo se podría aplicar a los que son ignorantes cumpablemente, pero no a la persona simple que ha tenido escasas oportunidades para instruirise pero tiene una fe sólida y profunda]. Por otra parte, hay quienes llevan la semilla de la Palabra de Dios en la boca, pero no en sus manos, y estos son los que tienen el conocimiento pero no la vida; en palabras de nuestro Señor (Mateo XXIII) son 'los que dicen pero no hacen'. En tercer lugar están aquellos -¡y son pocos!- que llevan esa semilla en la boca y en las manos, y sobre ellos se dice (Mateo V) 'aquel que enseña y cumple será grande en el Reino de los Cielos'."

En otro pasaje de la obra citada de Bernardino (idem II, 11) afirma que el predicar debe adaptarse a los diferentes tipos de audiencia. Debe convencer a la razón intelectual del hombre, debe atraer sus emociones y afectos, y debe ablandar al pecador endurecido con el sano temor al juicio divino. Pero sobre todo, sin miedo pero con delicadeza, debe proclamar la verdad de Dios. Esto es lo que encontró Bernarndino por experiencia como el camino más efectivo para ganar la aceptación de sus oyentes; pues, "no todos entre ellos son tan ignorantes o tan ciegos para no captar la diferencia entre un charlatán y un predicador de la Verdad. Pero si algunos se irritan bajo la reprensión de la Verdad, tales son dignos de lástima por su locura y enfermedad, pero sus quejas indignadas no deben ser escuchadas" (idem, sermón 18).

A un predicador que alguna vez le preguntó cómo mejorar sus propios sermones, Bernardino respondió: "Desde que comencé a predicar he tratado de no pronunciar palabra que no sea para gloria y honor de Dios; y a esta regla que he tratado siempre de observar debo cualquier aprendizaje, elocuencia, preparación o influencia que haya podido ganar".

[Como se vé, lejos de una piedad melindrosa, lo de Bernardino, como es el caso de muchos santos predicadores, era una fuerza comunicativa hecha de una mezcla extraordinaria de profundidad espiritual y ciencia práctica.]

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