Jueves, 26 Marzo 2015 00:00

Jueves V de Cuaresma 2015

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Lecturas: Gn 17,3-9; 104,4-5.6-7.8-9 ; Jn 8,51-59

  • Nuestra alianza con Dios. No solemos consierar nuestra relación con Dios en términos de una “alianza”. El gran mérito de Abraham es haber creído en Dios con todo su ser y haber vivido con una confianza absoluta en Dios que le llevo a ponerse verdaderamente en sus manos, renunciando a sus propios planes hasta el punto de considerar el sacrificio de su hijo por obediencia a Dios. ¡Cuánto nos cuesta a los seres humanos ponernos en las manos de Dios realmente! Con demasiada facilidad tendemos a desconfiar de Dios y a confiar demasiado en nosotros mismos. Como en el caso de Abraham, Dios hace con nosotros una alianza, con una promesa que fuera de toda duda cumplirá. Y nosotros, ¿qué tan fieles somos a esa alianza?
  • Reconocer a Jesús. El cristianismo consiste en reconocer en Jesús al Hijo del hombre hecho carne, y a reconocer también su acción y su presencia actual en la Iglesia. Muchos judíos cometieron el grave error de no abrirse a esta verdad, y le desconocieron, llegando incluso a buscar su muerte, por ser “piedra de escándalo”. Pero nosotros no estamos tan lejos de esto que nos presenta el Evangelio, pues ¿realmente reconocemos a Jesús? Si se nos presentara ahora bajo alguna forma “no prevista” y con un programa “no previsto”, seguramente tomarías piedras para eliminarlo. ¿No es eso lo que hacemos con nuestros malos hábitos y nuestra falta de renuncia radical al pecado?
  • Morir para siempre. Puede causar un poco de perplejidad esta idea de “morir para siempre”. De hecho es uno de los temores más arraigados en el alma humana. Todos, en mayor o menor medida, “le huimos” un poco a la idea de morir. Tal vez eso hace que no consideremos a veces con suficiente realismo la promesa de Jesús, que es impresionante. Una cosa es considerarla como “doctrina” y como parte de nuestra fe cristiana, otra cosa muy distinta es apropiarla y convertirla en un deseo real, concreto, que nos haga perder completamente el miedo a la muerte y, más bien, a convertir realmente nuestra vida en un camino hacia el encuentro definitivo con Cristo.
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