Miércoles, 01 Abril 2015 00:00

Miércoles Santo 2015

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Lecturas: Is 50,4-9a ; Sal 68,8-10.21-22.31.33-34; Mt 26,14-25

  • Dios está con nosotros. Hay una identificación entre los padecimientos de Cristo, tal como son descritos en los pasajes del sirvo sufriente, y su carácter de “signo radical de contradicción”, y lo que experimentan hoy en día muchos cristianos frente a la hostilidad del mundo. Al mismo tiempo, las palabras de Isaías, que son las del “siervo sufriente”, figura profética de Cristo y de sus sufrimientos, y también aquello que expresa el salmo, remiten a aquello que dice el apóstol Pablo: “si Dios está con nosotros, quién estará contra nosotros”. Esta también es una experiencia cristiana que viene de la unión profunda a Cristo. En el absoluto abandono de Jesús a los brazos de su Padre desde la Cruz, ese “en tus manos encomiendo mi espíritu”, el verdadero cristiano ve la razón máxima de su esperanza y la fuente de su fortaleza, en cuando “signo de contradicción” en medio del mundo.
  • Todos somos traidores. La traición de Judas es un hecho indesligable de los orígenes del cristianismo y es, para el mundo en general, el prototipo de toda traición, y Judas el prototipo del traidor. Pero de todos modos cabe la pregunta, ¿por qué está tan presente en el imaginario popular cristiano esta figura?, ¿por qué tan presente en los relatos de la pasión?, ¿por qué tan presente en nuestra propia memoria y tan conectado a nuestros propios recuerdos sobre la pasión de Cristo? Tal vez porque todos, de alguna manera, recubrimos a judas presente en nuestra propia situación. En cierto modo todos somos un “judas” o hay uno dentro de nosotros. Cierto que la traición de ese Judas tuvo un carácter perentorio, definitivo, y trajo como consecuencia la crucifixión de Cristo; eso puede impedir que nos identifiquemos totalmente con él. Pero en el fondo, nuestras traiciones tienen el mismo carácter de negación que la de Judas. Sutilmente, cada vez que vivimos en estado de pecado, estamos negando a Cristo; negamos su divinidad aunque la confesemos con la boca; negamos sus promesas aunque creamos en ellas; lo negamos a él como persona, como hombre, como amigo.
  • Morir antes que pecar. ¡Qué duras son esas palabras de Jesús acerca de Judas Iscariote!: “más le valdría no haber nacido”. ¿Se puede decir algo más terrible de un hombre? Más aún cuando aquel que lo declara es el mismo capaz de dar la vida, Dios. La gracia está conectada con la vida, así como el pecado está conectado con la muerte. Quien vive en pecado es, por lo tanto un muerto viviente, y más le valdría no estar vivo, pues corre el riesgo de que su muerte se haga eterna. Quien vive en la gracia, en cambio, sólo quiere vivir, vivir para siempre. Tal vez por eso algunos santos decían “morir antes que pecar”, porque reconocían la gran paradoja del cristianismo: morir a todo lo qu ese muerte, para vivir en todo lo que es vida.
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