Lunes, 27 Julio 2015 00:00

Lunes XVII del Tiempo Ordinario 2015

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Lecturas: Ex 32,15-20.30-34; Sal 105,19-23; Mt 13,31-35

  • Una vieja historia de pecado. Lo que narra el libro del Éxodo, es decir el dramático caso de un pueblo que, una y otra vez, da la espalda a Dios a pesar de que Éste no cesa de salvarlo y de renovarle su perdón, en realidad es la historia que continúa en nuestros días, aún en la era cristiana. ¿Acaso no somos testigos de un mundo que continuamente le da la espalda a Dios y lo reemplaza por ídolos? Y estos ídolos, parecen renovarse, pero son los mismos de siempre. Pero esto debemos reconocerlo no solamente como un fenómeno que involucra al mundo, sino también a nosotros mismos. Nosotros los cristianos también somos muchas veces víctimas de esta seducción y damos espacio en nuestro corazón a la idolatria. Tal vez no expulsamos a Dios completamente de nuestra vida, pero no lo dejamos entrar en ciertos espacios en los que preferimos que reine la mentira y el pecado.
  • Misericordia ante la depravación. Aarón alude a la “depravación” del pueblo israelí. Y frente a esta depravación Moisés regresa al monte para impetrar el perdón de Dios sobre aquellos que lo acaban de traicionar gravemente. Ante el pecado y la traición, Dios responde con misericordia, y esto ha llegado a su plenitud en Jesucristo. “Depravación” significa “desfiguración” o “deformación”. El pecado ocasiona en nosotros una verdadera “depravación”, pues deforma nuestra condición de hijos de Dios, semejantes a Él, nos desvía de la dirección original que Dios ha querido dar a nuestras vidas. Ante ello, nuestra actitud debe ser siempre la de Moisés, acudir a la misericordia de Dios con una confianza casi “descarada”, sin caer en el desaliento o la desesperanza.
  • El Reino de los Cielos crece dentro de nosotros. ¿Dónde está el Reino de Dios? Podríamos hacernos esta pregunta, ya que a nuestro alrededor sólo vemos pecado y desolación; vivimos en un mundo que cada vez más le da la espalda a Dios y lo quiere expulsar definitivamente. ¿Dónde esta el Reino, entonces? ¿Acaso estas parábolas son simplemente una metáfora fantástica, sin un correlato en la vida real? Ciertamente no, lo que ellas expresan es precisamente que este Reino de los Cielos, ya presente, es ahora pequeño, casi imperceptible, pues es invisible a los ojos del mundo; hay que buscarlo con los ojos de la fe. Se encuentra en la Iglesia y en cada uno de nosotros, cuando Cristo reina en nuestros corazones. Pero llegará el día en que sea visible a todos y adquiera su verdadera y definitiva forma, cuando el mundo entero sea transformado según Dios. Los cristianos vivimos aguardando este día y hacia esta esperanza caminamos.
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