Martes, 04 Agosto 2015 00:00

Martes XVIII del Tiempo Ordinario 2015

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Lecturas: Nm 12,1-13; Sal 50,3-6.12-13; Mt 14,22-36

  • Misericordia, Señor, Misericordia. Vivimos en una cultura que pretende eliminar el sentido de la culpa. Incluso la palabra “pecado” genera fastidio y es como si se hablara de un vestigio oscurantista del que hay que deshacerse a toda costa. La primera lectura, sin embargo, nos recuerda que el pecado es real y se produce cada vez que con nuestras acciones y nuestros juicios ponemos en cuestión el amor de Dios y su ley. El caso de Aarón y de Ana es un buen ejemplo de la soberbia humana tan común entre nosotros, una soberbia que no quiere reconocer el lugar de Dios y pretende convertir a la creatura en Dios, capaz de determinar el mal y el bien. ¿No deberíamos con más frecuencia recitar en nuestra mente y en nuestro corazón lo que expresan las palabras del salmo?
  • A veces nos hundimos. El episodio de Jesús caminando sobre las aguas es uno de los más conocidos del Evangelio, tal vez por lo extraordinario del milagro. Volar o caminar sobre las aguas representan la imposibilidad en la vida humana, y esa imposibilidad está regida por la falta de fe; es como una muralla contra la cual nos chocamos, por ejemplo la imposibilidad de superar el pecado. Y parecen resonar en nuestra mente las palabras del Señor, que son un duro reproche a nuestra limitación: “¡Qué poca fe!”, dice Jesús, escandalizado en cierto modo por la miseria de Pedro. El apóstol, al inicio parece ponerse en manos del Señor, pero luego deja de mirarlo a Él y empieza a concentrar la mirada en sí mismo, en el movimiento del agua, en la imposibilidad del momento, y es allí cuando se comienza a hundir. Efectivamente, nuestras limitaciones y el pecado nos hunden, pero con Dios, podemos caminar sobre ellos; lo que es imposible para nosotros, con su gracia es posible.
  • Aunque sea la orla. Hay un detalle curioso en este Evangelio. El evangelista Mateo señala que los que buscaban a Jesús denodadamente pretendían al menos tocar el borde de su manto, y cuantos lo tocaban, ¡voilà!, quedaban curados. Debería suscitarnos envida este tipo de fe. Estos hombres tal vez no eran conscientes claramente de la identidad de Jesús; es decir no eran capaces de decir como nosotros que Jesús es Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Y sin embargo ellos obtenían el milagro con tan sólo tocarle el manto, mientras nosotros a veces parece que no obtenemos nada aunque recemos veinte rosarios. ¿Es que Jesús duerme o se ha ido? ¿O es más bien que nosotros no estamos –como ellos estaban– suficientemente convencidos de lo que Dios es capaz de hacer?
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