Sábado, 28 Julio 2012 00:00

San Agustín de Hipona (354-430)

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San Agustín, Obispo y Doctor de la Iglesia ha sido considerado siempre una de las figuras más prominentes de la Iglesia Católica. Su extraordinaria inteligencia, su facilidad de palabra y su prolífera obra literaria, pero sobre todo su amor a la Iglesia y su testimonio de santidad, lo convierten en un verdadero modelo para los ministros del Evangelio y para cualquier cristiano.

Tal vez su más conocida obra son sus “Confesiones”, que comenzó a difundirse ya durante su vida. Él mismo afirmaba que el motivo por el que gustaba tanto esa obra, era que a la gente gusta mucho “deleitarse con los pecados ajenos”. Lo cierto es que dicho libro ha acercado a cientos de personas a Dios. Está escrito con un lenguaje poético y al mismo tiempo cercano y directo. Aunque está escrito con un estilo particular –en forma de una “confesión” autobiográfica–, refleja una prosa-retórica y una expresividad extraordinarias, la misma que se ve en sus sermones y en todos sus escritos.

Desde el punto de vista del “talento”, no cabe duda de que San Agustín era un orador nato y de grandes cualidades; es mucho lo que podemos aprender de él. Es posible que haya sido influenciado por la pluma de Cicerón, cuya obra leyó y admiró. Pero más allá de sus capacidades humanas, la fuerza de su palabra ciertamente radicó en el poder de una Verdad presentada con lógica argumentativa contundente y refrendada con un testimonio de vida personal coherente e irrefutable luego de su conversión radical al cristianismo. Con estas armas San Agustín proclamó las verdades de la fe cristiana y la defendió contra herejes y embaucadores.

Natural del norte de África, de madre ejemplar, muy católica, los primeros 30 años de la vida de Aurelius Augustinus fueron un camino largo y turbulento que él mismo describe en sus “Confesiones” con bastante detalle. Pasando primero por el maniqueísmo y el escepticismo, hacia el año 386 se convierte a Cristo. Los sermones predicados por San Ambrosio, otro genio de la elocuencia juegan un papel importante en su acercamiento a la Iglesia. Es bautizado en el año 387 y, tras volver a África, es ordenado sacerdote. El obispo Valerio de Hipona, quien al parecer no tenía facilidad de palabra o no conocía bien la lengua local, lo nombra su predicador y rápidamente comienzan a hacerse famosos sus extraordinarios sermones, que pueden durar hasta tres horas en que la gente lo escucha sin cansarse.

Los escritos de San Agustín son sorprendentemente abundantes, y su facilidad de palabra demuestra que la retórica está íntimamente relacionada con el arte de escribir bien. Entres sus obras “proclamadas” están, en orden cronológico sus Sermones ante el saqueo de roma (410), los Sermones contra Pelagio (411), sus Sermones sobre la primera carta de San Juan (416); pero también están sus numerosos sermones sobre diversos temas: el Antiguo Testamento, los Evangelios Sinópticos, el Evangelio de Juan, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas, los tiempos litúrgicos, los mártires, y otros temas, que en total suman 400, aunque se calcula que muchos pueden haberse perdido.

La principal obra de San Agustín dedicada al arte de la predicación o la retórica sagrada se llama De Doctrina Christiana. Contiene numerosos consejos prácticos y reflexiones muy interesantes sobre lo que significa predicar. En futuros artículos nos proponemos comentar algunos elementos de su contenido.

Mientras tanto les ofrecemos el texto del Sermón 46 con algunos comentarios. Se debe considerar que estos sermones no presentan necesariamente las características de la actual homilía en la Misa. Se trata de sermones mucho más largos y divididos en partes. El salmo 46, por ejemplo, “sobre los Pastores”, podría perfectamente dividirse en 6 homilías diferentes, cada una con sentido propio.   

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