Martes, 05 Marzo 2013 11:40

Maturin, el predicador (parte I)

El contraste entre la notoriedad y la fama real es un tema que puede alimentar mucho la reflexión. Ambas coinciden en los grandes nombres de la historia. En Shakespeare y Milton, en Pitt y Fox, en Galileo y Newton, la calidad de la fama coincide con su volumen -su mucho reconocimiento. Pero entre la masa de hombres y mujeres que conocemos sucede de manera diversa -especialmente en nuestros días, en que la propaganda es tan común y tan efectiva para crear notoriedad periodística. Los nombres que todo lector del Daily Mail conoce en realidad no pertenecen su mayoría a los más grandes personajes. Los hombres de alta calidad no son condescendientes con el arte de la auto-propaganda. Ellos ejercitan sus dones de manera espontánea y con poco interés en el reconocimiento público. Por lo que el hombre de genio suele tener un círculo relativamente pequeño formado por aquellos a quienes su trabajo afecta directamente. El escritor tiene sus lectores, el artista sus seguidores y admiradores, el predicador su audiencia. Ese círculo siente hacia él lo que ninguna persona siente hacia el más notable de sus charlatanes; pero para la mayoría de sus conciudadanos su existencia es poco conocida, hasta que alguna circunstancia accidental ponga su genio a la luz de la opinión general.

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