Sábado, 22 Junio 2013 21:59

La abnegación es necesaria para seguir a Cristo (parte I)

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Card. Henry Edward Manning

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23)

Leemos en los Evangelios de San Mateo y de San Marcos que este precepto, “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9,23), fue dado justo después de que Pedro había sido severamente corregido por su errónea manifestación de afecto hacia el Señor. En el preludio de su agonía el Señor Jesús comienza a enseñarle a sus discípulos aquello que el Hijo del hombre habría de sufrir, pero el impulsivo Pedro en su ceguera de corazón “tomándolo aparte, comenzó a reprenderle, diciendo: Señor, ten compasión de mi; en ninguna manera esto te acontezca. Entonces él, volviéndose, dijo a Pedro: Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres” (Mateo 16:22-23). Luego para que comprendieran la magnitud de esta gran ley del sufrimiento de la que ni él mismo estaba exento y que lo involucra no sólo a él sino a toda alma que quiera seguirle, les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Sus palabras constituyen un proverbio y una profecía por medio de las que prefigura su propio destino y el de ellos: les enseñó el misterioso orden de su Reino y como él y los suyos han de sufrir, han de negarse a sí mismos, todos han de cargar la cruz. Una y otra vez durante todo su ministerio Jesús revela estos signos y extrañamente logra así atraer a sus discípulos más cerca de sí mismo. De esta manera él fortaleció a sus seguidores para dejar sus hogares y familiares; así mismo moderó el carácter de algunos que queriendo seguirlo no estaban dispuestos a sufrir el costo; de este mismo modo intentó unir al joven rico para siempre a su servicio, pidiéndole que renunciara a su más fuerte apego. Este mismo precepto impregna todo el sentido de las palabras y acciones de Jesús: Su propia abnegación y la cruz que cargaba diariamente evidencian el destino de todo aquel que quiera seguirlo y lo que durante toda su vida testimonió lo declara específicamente por medio de este precepto cuyas palabras son al tiempo un ruego y una advertencia: Nos ruega que lo sigamos pero nos advierte que si queremos seguirlo debemos negarnos a nosotros mismos. Las palabras de Jesús nos enseñan que nuestra abnegación es la condición indispensable para ser sus seguidores o en otras palabras: sin abnegación ninguna persona puede ser un Cristiano fiel.

Esta condición ha sido cumplida por los verdaderos seguidores de Cristo y testimoniada a través de la historia de la Iglesia. Los apóstoles, mártires, confesores, testimonian a una sola vos el misterio de sufrimiento. Ellos testifican que la insignia que los distingue como pueblo de Cristo son los sufrimientos que soportan por él. La comunión de los santos da testimonio de este gran misterio incluso para aquellos quienes han recibido la fe en Cristo pero que no han sido llamados a sufrir por él. Cada uno de los santos ha cargado su cruz –cada uno en lo secreto; sin ser conscientes de hacerlo por ejemplo al soportar algún sufrimiento oculto, en algún desprecio, o en algo que les hubiera gustado compartir pero que nunca se atrevieron a decir. A pesar de que su aflicción era invisible, ellos cargaron visiblemente la cruz y, cargándola, dieron testimonio que iban tras las huellas del Señor. El carácter que poseen es el signo visible de su pretensión a ser sus seguidores. Poseían en sí mismos integridad y madurez moral, un carácter pleno y particular que los separa del mundo a pesar de que permanecen inmersos en él. Estaban en el mundo sin ser del mundo, en contacto con él pero sin ser corrompidos, separados del mundo pero al tiempo siendo sus guías y dirigiendo su rumbo. Lo ponen en rumbo, pero no se dejan arrastrar por él. En casi todo iguales a otros hombres y a los ojos de muchos, indistinguibles a aquellos que se codean con la realeza, o en los círculos eruditos, o que con exitosos mercaderes, pero los ojos cuya vista ha sido purificada logran verlos cargando visiblemente los signos de aquellos que han sido llamados a seguir a Cristo. Poseen la misma mente de Cristo, la dignidad fruto de en una austera calma, una grandeza de alma que ni todas las amenazas del mundo logran perturbar. Poseen un voluntario desapego de todo lo que es juzgado como valioso por el mundo, una habitual maestría personal para renunciar a honores, ganancias, alegrías y en cambio escogen las dificultades, el desprecio y el abandono. Por medio de todo esto los santos a lo largo de toda la historia, han dado testimonio de esta gran ley del Reino de Cristo: Sin negarse a sí mismo ningún hombre puede servirlo.

Pero debemos ahondar aún más. Nuestro Señor no sólo nos dice que sería bueno que cumplamos este precepto, sino que nos dice que debemos cumplirlo: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27). Esta ley no es simplemente algo general en la historia de la Cristiandad ni tampoco una condición arbitraria impuesta a la Iglesia por la voluntad de Aquel a quien servimos, sino una ley inevitable a causa de una profunda necesidad moral. Del mismo modo en que afirmamos que ningún hombre puede servir a Cristo sin ser santo, tenemos que afirmar también que sin negarse a sí mismo ningún hombre puede alcanzar dicha santidad. Así es requerido a la naturaleza humana y a la naturaleza del llamado a servir a Cristo ya que: ¿Qué es la naturaleza del hombre más que carne pecaminosa? Y ¿Qué es servir a Cristo sino el remedio a nuestro pecado? ¿Qué es el pecado del hombre si no el dejarse dominar por su voluntad? Y ¿Qué es el remedio si no darle su recto lugar e incluso negar la propia voluntad? ¿Qué son cada una de las características del pecado sino las manifestaciones de nuestra voluntad desordenada que nos empuja hacia una dirección en particular? Y ¿Qué es nuestra liberación del pecado, sino el dominio de nuestros deseos desordenados por medio del Espíritu de Cristo trabajando en nosotros a través de la negación a nosotros mismos? No hay dos fuerzas que puedan ser más opuestas que la de la naturaleza humana y el llamado a servir a Cristo. El resultado de la batalla será apostasía o abnegación dependiendo de la fuerza que resulte victoriosa.

Vamos a examinar una o dos pruebas específicas de esta necesidad moral:

1. En primer lugar: Sin lucha y abnegación no es posible purificar nuestros hábitos morales. Sin verdadera contrición y una aguda consciencia, pureza de corazón y una mente devota libre de las insidias del mal, ningún hombre puede estar en comunión con Cristo y estas características sólo pueden adquirirse por medio de la abnegación. Entre Cristo y el alma que ha sido manchada por una permisiva complacencia de sus deseos desordenados, hay un velo oscuro e impenetrable al que la luz santificadora no puede iluminar, ni el consuelo puede penetrar sus tinieblas. El llamado divino no logra elevar la embotada mente hacia el cielo, ni que los anhelos del corazón logren hacer que levante la persona levante sus manos a Dios. La mismidad de la persona se dobla en actitud desafiante o se paraliza por su distanciamiento de la santa presencia de Dios. Esto es lo que le ocurre a cada hombre que no se esfuerza por purificar sus hábitos morales y a pesar de que el desorden moral puede tener muchos grados, algunos más otros menos pronunciados y aferrados al carácter de la persona, la realidad es clara: un hombre o abniega sus vicios o los consiente. No hay término medio, ni tampoco es de los que ‘usan las espuelas’, se da rienda suelta a los deseos desordenados. Frecuentemente es precisamente la falta de abnegación, más que la opción deliberada por el mal en sí mismo, lo que constituye la carencia principal del pecador habitual.

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