Jueves, 14 Junio 2012 23:23

Los sermones de Montesinos

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(21 y 28 de diciembre de 1511)

[Lamentablemente no se conservan completos los sermones de Antonio de Montesinos. Lo que conocemos lo hemos recibido de Bartolomé de las Casas. Pero lo poco que hay es suficiente para comprobar que no fueron precisamente unas “charlas de empatía”. El texto está tomado de la “Historia de Indias” (Lib. III, Cap. 4-5). El contexto en que se desarrollan estos sermones es el siguiente: descubierto el nuevo mundo, la conquista y la organización de la vid social y económica se lleva a cabo, en parte, por el sistema de “capitulaciones”, según el cual la Corona concedía al conquistador ciertos títulos y poderes jurisdiccionales sobre determinados territorios. Pero esto comporta ciertos riesgos de abuso muy graves, pues en muchos casos los indígenas, aunque sujetas al poder central, quedan en manos de algunos abusadores; en muchos casos de nada sirvieron las famosas “leyes de indias”, a las que desobedecían impunemente algunos conquistadores. En este cuadro de abusos entran a tallar muchas figuras prominentes de la Iglesia, quienes defienden los derechos de los indios y condenan los abusos públicamente. Es el caso del grupo de dominicos españoles que llega a la isla La Española (Santo Domingo) en 1510. Luego de un año de haber comprobado la situación, la congregación encarga a Fray Antonio de Montesinos, la pronunciación de dos sermones encendidos para denunciar el caos e invitar a la conversión. Lo que sigue es el relato de Fray Bartolomé de las Casas. Hay que comprender que este sermón se da en un contexto muy preciso, como se ha señalado. No necesariamente hay que imitar el tono “apocalíptico”, que además se inscribe un poco en el estilo de la época. Pero también es cierto que hoy en día haría falta un poco de esa actitud profética o “parresía”. Frente a determinadas realidades que deberían ser denunciadas, no pocos prefieren un lenguaje más “suave” o políticamente correcto.]

«Llegado el domingo y la hora de predicar, subió en el púlpito el susodicho padre fray Antón Montesino, y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escripto y firmado de demás: “Ego vox clamantis in deserto”. Hecha su introducción y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las conciencias de los españoles desta isla y la ceguedad en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta sensibilidad estaban continuamente zabullidos y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así: “Para os los dar a cognoscer me he sabido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oir”.

Esta voz encareció por buen rato, con palabras muy pungitivas y terribles, que les hacia estremecer las carnes y que les parecía que ya estaban en el divino juicio. La voz, pues, en gran manera en universal encarecida, declaróles cuál era o qué contenía en sí aquella voz:  “Esta voz, dijo él, que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbres aquellos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador,sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?”

[Lo que sigue es un recurso de oratoria bastante efectivo. Es como esconder una afirmación detrás de una pregunta. Paradójicamente puede resultar más fuerte y más apelante que formular directamente una afirmación.] “¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”. [Imaginemos si dijese: “Estos son hombres con alma racional, y nosotros estamos obligados a amarlos como a nosotros mismos. Debemos entender y sentir que estos es así, despertando del sueño en que nos encontramos dormidos, etc.” ¿No se diluye un poco la fuerza de las palabras? Curiosamente, sí. Es que al ponerlas en forma de preguntas, lo que se está haciendo es provocar al oyente a proporcionar él mismo la respuesta, involucrándolo de manera personal en el cuestionamiento.]

Finalmente, de tal manera explicó la voz que antes había muy encarecido, que los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a otros más empedernidos y algunos algo compungidos, pero a ninguno, a lo que yo después entendí, convertido.

[Nuestra actitud corporal y nuestros gestos pueden apoyar lo que decimos, o pueden también desmentirnos. Observemos lo que sigue.] Concluido su sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja, porque no era hombre que quisiese mostrar temor, así como no lo tenía, ni se daba mucho por desagradar los oyentes, haciendo y diciendo lo que, según Dios, convenir le parecía; con su compañero vase a su casa pajiza, donde, por ventura, no tenían que comer, sino caldo de berzas sin aceite, como algunas veces les acaecía. El salido, queda la iglesia llena de murmuro, que, según yo creo, apenas dejaron acabar la misa. Puédese bien juzgar que no se leyó lección de menosprecio del mundo a las mesas de todos aquel día»

[Lo que sigue en el relato de De las Casas, son todos los reclamos que se hizo tanto a Fray Antonio de Montesinos como a la comunidad dominica, la cual no se retractó y antes bien “cerró filas” a favor del Fraily. De todos modos se pidió la retractación pública de lo que se había dicho en desagravio de los notables y de la misma Corona española.]/q> «Publicaron ellos luego, o dellos algunos que dejaban concertado con el vicario y con los demás, que el domingo siguiente de todo lo dicho se había de desdecir aquel fraile; y para oir aqueste sermón segundo, no fue menester convidallos porque no quedó persona en toda la ciudad que en la iglesia no se hallase, unos a otros convidándose que se fuesen a oir aquel fraile, que se había de desdecir de todo lo que había dicho el domingo pasado.

Llegado la hora del sermón, subido en el púlpito, el tema que para fundamento de su retractación y desdecimiento se halló, fue una sentencia del Sancto Job, en el cap. 36, que comienza: Repetam scientiam meam a principio et sermones meos sine mendatio esse probabo; “Tornaré a referir desde su principio mi sciencia y verdad, que el domingo pasado os prediqué y aquellas mis palabras, que así os amargaron, mostraré ser verdaderas”.

Oído este su tema, ya vieron luego los más avisados, adónde iba a parar, y fue harto sufrimiento dejalle de allí pasar. Comenzó a fundar su sermón y a referir todo lo que en el sermón pasado había predicado y a corroborar con más razones y auctoridades lo que afirmó de tener injusta y tiránicamente aquellas gentes opresas y fatigadas, tornando a repetir su sciencia, que tuviesen por cierto no poderse salvar en aquel estado; por eso, que con tiempo se remediasen, haciéndoles saber que a hombres dellos nos confesaran, mas que a los que andaban salteando, y aquello publicasen y escribiensen a quien quisiesen a Castilla; en todo lo cual tenían por cierto que servían a Dios y no chico servicio hacían al rey».

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