Lunes, 25 Marzo 2013 00:00

Lunes Santo

 

Lecturas: Is 42,1-7; Sal 26; Jn 12,1-11

Una escusa para pecar

Captación

La frase de Judas hace referencia al supuesto "derroche" o, más aún, desperdicio del perfume costosísimo que esta mujer hace con Jesús. Esta "queja" de uno de los apóstoles, aquel que traicionó a Jesús, es una voz que se escucha con mucha frecuencia en relación con Dios y con la Iglesia, dentro y fuera de ella. Y es la voz de los que quieren siempre reservar algo para sí, y no quieren entregarle todo a Dios; y se ocultan detrás de un falso sentido de justicia.

Cuerpo

Esta voz se escucha en muchos niveles. Se escucha cuando se dice que la Iglesia no debería gastar en sus liturgias, en el arte sagrado o los ornamentos y vestimentas que usan los sacerdotes en las celebraciones. Se escucha también cuando se afirma, con gran cinismo, que la Iglesia no debería gastar tantas palabras en proclamar normas morales y debería dedicarse más a los pobres. Y de este modo, ocultándose en un falso sentido ético, se dice que la Iglesia debería aferrarse menos a ciertos principios -un poco anticuados, poco realistas- y considerar más la situación del mundo de hoy, así como la situación de las personas concretas. Pero todo esto está teñido de un falso humanismo, y se crea una oposición falaz entre cuestiones que realmente no son opuestas. Como vemos, detrás de la aparente preocupación de Judas, había un interés personal. De la misma manera, detrás de muchas de las cosas que se le reclaman a la Iglesia, en las que ella supuestamente debería ser más abierta, más tolerante, menos rígida, hay un deseo oculto de mayor libertinaje, y de no tener que rendirle cuentas a Dios. En el fondo, uno es libre de pertenecer o no a la Iglesia, pero aparentemente muchas personas exigen a la Iglesia que tranquilice sus consciencias; la quieren, pero no como aquella institución que defiende la ley de Dios y nos muestra sus exigencias, sino como aquella que todo lo permite, según nuestros caprichos y nuestras veleidades. Judas se quería apropiar del dinero, tal como el mundo se quiere apropiar de los bienes que Dios ha dado a los hombres para que los usen rectamente.

Conclusión

Pero no creamos que lo dicho se aplica sólo a los "enemigos" de la Iglesia, o a los pecadores que están alejados de la práctica religiosa. También nosotros hacemos mal uso de los bienes que nos han sido entregados, nos aprovechamos de ellos. Y camuflamos con mil pretextos y justificaciones nuestra falta de coherencia y de radicalidad con el Evangelio.

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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

La mujer adúltera

Por Fulton Sheen

¡En flagrante adulterio! ¡Qué sentimientos tan repugnantes de vergonzoso entretenimiento y fisgoneo se encierran en estas palabras! Los acusadores de la mujer llevaron a ésta en medio de la muchedumbre mientras nuestro Señor se hallaba dando sus enseñanzas. Aquellos hipócritas mojigatos que la habían sorprendido in fraganti estaban ansiosos por exhibirla públicamente, hasta el punto de interrumpir el sermón de nuestro Señor. La naturaleza humana es de lo más vil cuando subraya y exhibe los delitos de los demás ante sus semejantes. La olla se cree limpia cuando puede llamar negra a la sartén. Algunos rostros reflejan una insólita alegría cuando se están regodeando con un escándalo que el corazón generoso cubriría con un velo y el corazón piadoso encomendaría en sus oraciones.

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Jueves, 14 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Daum]


Is 43,16-21; Sal 125,1-6; Flp 3,8-14; Jn 8, 1-11

I. APUNTES

El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén. Un día, después de pasar la noche en oración en el Monte de los Olivos, se dirige al Templo. «Todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba».

De pronto la lección matutina es interrumpida por un grupo de escribas y fariseos que se acercan al Señor Jesús con mala intención. Traen a rastras a una mujer, imaginamos sumida en llanto y desesperación. Ha sido sorprendida en flagrante adulterio y, según la Ley de Moisés, debía morir apedreada: «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal» (Dt 22,22; ver también Lev 20,10). La sentencia era clara e inapelable. La mujer había cometido un pecado gravísimo y debía pagar por su ello con su vida. Sobre el hombre que con ella había pecado pesaba igual sentencia, mas probablemente había logrado huir abandonando a su cómplice a su suerte. Se aprovechó de ella, la utilizó para satisfacer su placer venéreo, acaso le juró amor, pero no estaba dispuesto a morir por ella y con ella. Finalmente, sólo la había usado como un objeto de placer, y probablemente ella también lo había usado a él para llenar un vacío.

Los fariseos y escribas, antes de llevar a la adúltera ante el Sanedrín, la arrastran a los pies del Señor Jesús para someterlo a prueba. Una vez más, buscan una excusa «para comprometerlo y poder acusarlo». Utilizan a una persona, se valen del drama de esta mujer adúltera para tenderle una trampa y poder tener algo de qué acusarlo. En no pocas oportunidades el Señor les había echado en cara su falta de misericordia y su excesivo apego a las normas morales de la ley, muchas de ellas elaboradas en el tiempo por los mismos fariseos. Llenos de amargura querían deshacerse de Él de alguna manera. Pensaban que podrían lograrlo si lo ponían en un callejón sin salida. Estaban convencidos que aquél que se había mostrado tan indulgente y misericordioso con los pecadores se opondría a la lapidación de la mujer, oponiéndose de este modo a la Ley misma. Si públicamente se oponía a la lapidación de aquella adúltera, podrían acusarlo ante el Sanedrín por «pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios» (ver Hech 6,11). Si por el contrario aprobaba la lapidación de la pecadora, perdería la autoridad y reconocimiento que ante el pueblo había adquirido en gran parte gracias a sus enseñanzas llenas de misericordia para con el pecador.

El Señor interrumpe su enseñanza y escucha a los fariseos atentamente. Una vez concluida su exposición, el Señor asume una actitud desconcertante: sin decir palabra alguna se inclinó y «escribía con el dedo en el suelo», como quien se desentiende completamente del asunto. De lo que en ese momento escribió o dibujó, ningún evangelista da cuenta. Carecía de todo interés. ¿Acaso se trataba de un ejercicio de paciencia ante la enervante malicia de los escribas y fariseos, a quienes no les interesaba instrumentalizar a esta mujer para tenderle una trampa?

Los impacientes escribas y fariseos insisten en su cuestionamiento. Entonces el Señor se levanta y pronuncia una escueta y lapidaria sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». Cristo no arroja piedras, pero arroja estas tremendas palabras contra aquellos hipócritas guardianes de la moral que están prontos a lanzar piedras contra la pecadora, cuando ellos mismos cargan en sus conciencias pecados graves. La sentencia del Señor, cual espada afilada, entra hasta lo más profundo de sus conciencias y penetra el corazón más endurecido (ver Heb 4,12). No un largo discurso, sino tan sólo unas agudas palabras bastan para invitar a los acusadores a mirarse a sí mismos antes de reclamar el castigo para aquella pecadora y ejecutar la sentencia de muerte. La sentencia fue suficiente para desarmar la trampa y para liberar a esta mujer de la muerte merecida por su grave pecado. Comenzando por los más viejos se fueran retirando uno tras otro.

Cuando todos sus acusadores se han marchado, le pregunta «“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”». Al decir «tampoco yo te condeno» le estaba diciendo: “sé que has pecado gravemente y que según la Ley de Moisés mereces la muerte. Yo podría apedrearte y condenarte, pero date cuenta que no he venido a condenar sino a salvar (ver Jn 3,17), que yo he venido a hacer todo nuevo (ver primera lectura). Yo no apruebo tu pecado, pero te perdono y te renuevo interiormente, por el amor que te tengo te redimo, hago de ti una mujer nueva y te doy una nueva oportunidad para que tú, libre ya de tu pecado, reconciliada con Dios, sanada interiormente de las heridas que tú misma te has hecho por el mal cometido, anda y no peques más. Así pues, conviértete del mal camino que había emprendido y vive en adelante de acuerdo a tu condición y dignidad de hija amada del Padre. Olvida lo que ha quedado atrás y lánzate ahora a conquistar lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio que Dios te tiene prometido para la vida eterna (ver segunda lectura)”.

I. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El pecado, el hacer el mal que no queríamos, la caída en el peregrinar, es parte de nuestra experiencia cotidiana. ¿Quién de nosotros está libre de pecado? Nadie. En la Escritura leemos: «siete veces —es decir: innumerables veces— cae el justo» (Prov 24,16). No podemos olvidar jamás que todos somos pecadores y frágiles, y que «si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia» (Gén 4,6-7; ver 1Pe 5,8-9).

Muchas de las caídas que experimentamos serán más o menos leves, como tropezones en el andar. Sin embargo, éstas no son despreciables sobre todo cuando se repiten con frecuencia, pues nos vuelven cada vez más torpes para caminar. Las pequeñas infidelidades abren el camino para caídas más fuertes, esas que hacen que de pronto nos estrellemos de cara al suelo, a veces sin podernos o querernos ya levantar.

Los pecados fuertes, como es el caso del adulterio de aquella mujer, cuando se cometen por primera vez producen una experiencia interior tremenda: confusión en la mente, así como sentimientos entremezclados de dolor de corazón, pérdida de paz interior, vacío, soledad, tristeza, amargura, angustia y mucha vergüenza. Cuando se repiten, violentando una y otra vez la voz de la propia conciencia y haciendo caso omiso a las enseñanzas divinas, vuelven el corazón cada vez más duro, insensible y cínico.

El pecado grave también trae consigo un distanciamiento de Dios. La vergüenza, el sentimiento de indignidad o suciedad, el pensamiento de haber traicionado o defraudado al Señor y todo lo que Él hizo por mí, lleva a “esconderse de Dios” (ver Gén 3,8-10), a huir de su Presencia, a apartarse de la oración, de la Iglesia y de todo y de todos aquellos que nos recuerdan a Dios.

El pecado grave, cuando se repite algunas veces, termina por someternos a una durísima esclavitud de la que es muy difícil liberarse (ver Jn 8,34). Nos hunde asimismo en un dinamismo perverso de auto-castigo y auto-destrucción que dificulta enormemente el que volvamos a ponernos de pie, que nos perdonemos lo pasado y nos lancemos nuevamente hacia delante, a conquistar la meta, que es la santidad. Las caídas graves nos llevan a tener pensamientos recurrentes de desesperanza: “no hay pecado tan grande como el mío, ni Dios me puede perdonar, para mí ya no hay salida”. El peso del pecado se hace demasiado grande y nos va hundiendo en la muerte espiritual (ver Ez 33,10). En efecto, «el pecado, cuando madura, engendra muerte» (Stgo 1,13-15). El pecado, que al principio pensábamos nos iba a traer la felicidad y plenitud humana, termina siendo un acto suicida. Quien peca termina destruyéndose y degradándose a sí mismo, seducido por la ilusión de obtener un bien aparente.

Ante la realidad de nuestro pecado podemos preguntarnos como San Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7,24). Con él también podemos responder: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7,24). Sí, el Señor Jesús nos libera del pecado y sus efectos. El encuentro del pecador con el Señor es un encuentro de nuestra miseria con quien es la Misericordia misma: cuando nos acercamos a Él como el hijo pródigo, o incluso cuando somos “arrastrados a su Presencia por nuestros acusadores”, descubrimos sorprendidos que Él no nos condena por nuestras caídas, por más vergonzosas o abominables que éstas hayan sido, sino que Él nos perdona, nos libera del yugo de nuestros pecados cargándolos sobre sí, nos levanta de nuestro estado de postración, abre ante nosotros nuevamente un horizonte de esperanza y fortalece nuestros pasos para avanzar por el camino que conduce a la Vida plena: “anda, y no peques más”.

Una vez más el Evangelio del Domingo nos invita a comprender que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que éste se convierta y viva» (Ez 33,11). Por ello el Padre ha enviado a su Hijo: Él cargó sobre sí nuestros pecados, «llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que muertos al pecado, vivamos una vida santa» (1Pe 2,24). Acudamos humildes al Señor de la Misericordia para pedirle perdón por nuestros pecados y hagámosle caso cuando nos dice: “anda, y no peques más”, es decir, lucha decididamente para no caer nuevamente en los graves pecados que has cometido y reza con terca perseverancia para encontrar en el Señor la fuerza para levantarte y para perseverar en la lucha cada día (ver Mt 26,41).

 
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Miércoles, 13 Marzo 2013 00:00

Domingo V de Cuaresma (C) [Villapizzone]

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Domingo, 03 Marzo 2013 00:00

Domingo III de Cuaresma (C)

Lecturas: Ex 3,1-8a.13-15; Sal 102; 1Cor 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

Las más grande de las soberbias

Captación

La soberbia es uno de los pecados capitales, lo que significa que es a su vez "raiz" de otros pecados. Incluso algunos maestros de la vida espiritual lo señalan como "madre de todos los pecados". Todos los seres humanos llevamos dentro el veneno de la soberbia, y no pocas veces este vicio es encuentra escondido en nuestros comportamientos y pensamientos.

Cuerpo

La soberbia se podría decir que tiene dos movimientos. El primero es para con nosotros mismos: nos creems superiores a los demás y por lo tanto no somos capaces de aceptar nuestras fallas o errores; la soberbia, en este sentido, es grave porque conduce a la ceguera y a la cerrazón frente a la verdad. Pero además está el segundo movimiento, que implica a los demás. Al colocarnos por encima del prójimo tendemos a juzgarlo, pero no sólo a juzgar las malas acciones, lo que no es incorrecto, sino a juzgar las intenciones y las motivaciones de los demás, y a condenarlos. Jesús en muchas ocasiones critica duramente este vicio y lo pone al descubierto, por ejemplo cuando llama "hipócritas" a los fariseos, pues la hipocrecía es un tipo de soberbia.

Pero las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy ponen a la luz la que es la más grave de todas las soberbias, que es la soberbia frente a Dios. Los fariseos se creen con derecho a decidir el modo de actuar de Dios y creen conocer sus pensamientos. El Señor les saca en cara su pretención y les dice que son ellos, antes que los demás los que necesitan conversión.

Conclusión

Y nosotros, ¿no necesitamos conversión? Estas palabras de Jesús hoy se dirigen a nosotros, porque muchas veces, a causa de la soberbia, no sólo ponemos a los demás bajo tela de juicio mientras somos laxos y benévolos con nosotros mismos, sino que también queremos "determinar" el modo de actuar de Dios y lo tentamos con nuestra terquedad. Incluso nos hacemos una "religión a la medida", escogiendo lo que nos conviene y descartando lo que no nos gusta. Detrás de ello se esconde una gran soberbia, pues nos constituimos en dueños de la verdad y creemos que podemos definir nuestro destino según se nos antoja.

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Martes, 26 Febrero 2013 00:00

Martes II de Cuaresma

 

Lecturas: Is 1,10.16-20; Sal 49; Mt 23,1-12

La hipocrecía y la incoherencia

Captación

La hipocrecía y el afán de figuración tienen una gran capacidad para convertir en mal todo el bien. Es una instrumentalización del bien con el fin de obtener un beneficio personal: aparecer ante los demás como una persona virtuosa. Detrás de esa aparente virtud se esconde una gran mentira.

Cuerpo

El Señor en muchas ocasiones devela la hipocrecía de los Fariseos, pero tiene mucho cuidado en distinguir el bien y el mal: hacer lo que enseñan pero no imitar su hipocrecía. El problema no está tanto en las normas que enseñan, que en sí mismas son buenas, sino en las motivaciones que nos deben llegar a perseguirlas. No debe ser el afán de "aparecer" ante los demás y de proyectar una determinada imagen, sino glorificar a Dios.

El problema es que la hipocrecía lleva a convertir todas las instancias de bien que la vida nos ofrece, en cuanto oportunidades para servir y hacer el bien, en una especie de trampolín para conquistar ideales egoístas. La hipocrecía es una incoherencia crónica. "Se sientan en la silla de Moisés", es decir también el poder que ha sido dado para enseñar y servir se convierte en un instrumento de dominio y de opresión, dando incluso escándalo. "Dicen y no hacen", de modo que también la palabra se convierte en un instrumento para la mentira, en lugar de ser portadora de verdad.

Conclusión

El examen de conciencia que debemos hacer tiene que ver con las incoherencias que hay en nuestra vida, que son pequeñas o grandes hipocrecías similares a las de los Fariseos. Pero un poco incoherentes somos todos, el problema está en aquellas incoherencias que se han vuelo crónicas, como hábitos o vicios.

Otras Ideas

  • Los Fariseos buscan la gloria del mundo, la vana gloria. Pero el problema no está en la gloria misma, que es un deseo humano natural. Dios no es enemigo de nuestra "gloria"; el problema está en buscar la gloria fuera de Dios: "el que se humille será ensalzado".
  • Aquí se habla de un "fardo pesado", en contraposición con el "yugo suave" de Jesús. Los fariseos imponen estos pesos sobre las espaldas de las personas, los cuales se convierten en una piedra de tropiezo y en un obstáculo para la vida religiosa. La carga suave que impone Jesús, en cambio, es un camino hacia la santidad, un camino de realización, pues no supone el dominio egoísta e hipócrita, sino el amor auténtico y la verdad.
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    Viernes, 15 Febrero 2013 00:00

    Viernes después de Ceniza

    Lecturas: Is 58,1-9a; Sal 50; Lc 9,14-15

    El verdadero sentido del ayuno cristiano

    Captación

    A simple vista el reclamo de los fariseos parece justo. ¿Porqué los discípulos incumplen con una ley o práctica religiosa que las personas observantes practican diligentemente? En este caso concreto se podría interpretar que Jesús pasa por encima de la Ley. ¿Cómo interpretar la aparente "permisividad" de Jesús frente a sus discípulos y la respuesta dada a los fariseos?

    Cuerpo

    Lo primero es recordar la crítica que Jesús hace en muchas ocasiones a los maestros de la Ley, de ese excesivo apego a las prácticas formales unido a una tremenda falta de apego a la caridad y a una espiritualidad más interior. En ocasiones los acusa con palabras durísimas de ser "hipócritas" y de cargar sobre las espaldas de otros pesos que ellos mismos no están dispuestos a llevar. Parte de ese formalismo extremo se puede deducir del cuestionamiento que hacen estos hombres al comportamiento de los discípulos de Cristo. Ellos parecen olvidar que no está hecho el hombre para el sábado sino exactamente al contrario. Pero, sobre todo, parecen olvidar el verdadero sentido del ayuno. El apego a la letra les ha llevado a reducir la religión a ella, convirtiéndola paradójicamente en letra muerta.

    De todos modos, la respuesta de Jesús es un tanto enigmática. Nosotros, a la luz de los hechos posteriores, podemos comprender que el Señor está haciendo referencia a su propia pasión y a su sacrificio en la Cruz. Su presencia entre los apóstoles, en cambio, es como un preludio de su presencia permanente ahora, luego de haber sufrido y resucitado.

    Conclusión

    Estos dos "estadios" de nuestra relación con Cristo los vivimos nosotros cada año de manera variable en la liturgia de la Iglesia. Hay momentos de ayuno, en los que acentuamos el aspecto penitencial de la existencia y miramos hacia el futuro, hacia aquella plenitud que todavía no poseemos pero que nos ha sido prometida; y vemos que necesitamos convertirnos. Pero al mismo tiempo celebramos la Pascua y compartimos el alimento como hermanos, en señal de alegría por la presencia de Jesús que prometió estar con nosotros "hasta el fin de los tiempos", y porque la vida cristiana es también un preludio de la vida eterna de la que somos herederos.

     
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    Miércoles, 13 Febrero 2013 00:00

    Miércoles de Ceniza

    Lecturas: Jl 2,12-18; Sal 50; 2Cor 5,20-6,2; Mt 6,1-6.16-18

    Dios, que ve en lo secreto

    Captación

    ¿Qué significa que Dios "ve en lo secreto"? En este Evangelio se expresa claramente que estamos llamados a una relación de "intimidad" con Dios. Somos conocidos por Él hasta en lo más profundo de nuestro ser. ¿Tomamos en cuenta en nuestra relación con Dios este hecho fundamental?

    Cuerpo

    Aquí se expresa algo más que la simple "humildad" de hacer las cosas no para ser vistos sino para darle gloria a Dios con nuestra existencia. Esto es bueno, deseable y necesario para una vida espiritual auténtica. Si cedemos a los halagos del mundo, entonces "ya hemos recibido nuestra recompenza". Pero en las palabras que hemos escuchado se expresa algo que va más allá de la ascesis.

    Es la relación de verdadera "intimidad" que estamos llamados a tener con el Señor, que se basa en el conocimiento profundo que Él tiene de todo nuestro ser, pues Él "ve en lo secreto", hasta las fibras más profundas de nuestro ser. Pero, ¿nos dejamos conocer por Dios? ¿Somos realmente concientes de las implicaciones que tiene en nuestra vida ese conocimiento personal de Dios? Se trata de preguntas fundamentales, porque sólo quien se experimenta verdaderamente "conocido" por Dios, será capaz de interpretar correctamente su sed de conocerlo, de acercarse a Él en la intimidad y sostener una relación de profunda amistad con Dios, de cercanía, de encuentro personal verdadero.

    Conclusión

    Podemos preguntarnos, ¿cómo es mi vida íntima con Dios? ¿Cómo vivo mi relación con Él? La vida espiritual es un ámbito de verdadero conocimiento mutuo, en el que entramos en contacto con el Dios que nos ha creado, nos dejamos conocer por Él, y le conocemos. Lo que Dios ve, lo secreto que hay en nosotros, de este modo se va develando, pues se convierte en frutos concretos de caridad y de comunión con el prójimo, así como de amor hacia Dios y experiencia de comunión con Él.

    Otras Ideas

  • Cuán fuerte es en el hombre su tendencia a querer "ser visto" y recibir la aprobación de los demás. Este Evangelio es muy claro al prevenirnos de ese peligro latente en la vida espiritual. Es importante, por ello, el examen permamente de las motivaciones que nos impulsan interiormente a actuar de una determinada manera. El Señor propone algo muy concreto: vivir discretamente, con humildad, no esperando "ser vistos" y "ser admirados". Ello es lo que nos hace aptos para recibir el verdadero don de Dios, la verdadera recompenza.
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    Martes, 12 Febrero 2013 00:00

    Martes V del Tiempo Ordinario

    Lecturas: Gn 1,20-2,4a; Sal 8; Mc 7,1-13

    Jesús declara la guerra a la hipocrecía

    Captación

    Las palabras de Jesús contra escribas y fariseos, en lo que se refiere a ciertas prácticas y al seguimiento ciego de tradiciones externas que se concentran en la forma sin atender al significado espiritual, son extraordinariamente duras. Pero no debemos ver en esta declaración de Cristo, exclusivamente, una crítica a estos maestros de la ley, sino también una declaración de guerra a toda hipocrecía que coloca al hombre en la vía de la mentira existencial.

    Cuerpo

    La hipocrecía puede ser un pecado, como muchos otros, sobre todo cuando es vivida en plena conciencia de los propios actos y con el propósito claro de ocultar la verdad para lograr algún bien terreno, como puede ser ocupar algún puesto importante o aparecer ante los otros deliberadamente como personas sabias o dignas de admiración. Pero al mismo tiempo, cuando se convierte en un vicio recurrente o en un estado permamente de la persona [tal vez podríamos hablar de "hipocrecía espiritual", tiene el poder de sumir a la persona en un estado de total enajenación de la realidad, de "mentira existencial". De hecho, la fuerza con la que Jesús critica a estas autoridades y denuncia su hipocrecía poniendo a la luz la mentira que yace detrás de su aparente rectitud moral y talla espiritual, constituye un fuerte llamado a despertar la conciencia del letargo y del engaño de la ilusión a que conduce vivir sólo por las apariencias. Jesús, definitivamente, en diversos momentos, se declara "en guerra" contra la hipocrecía.

    Conclusión

    No sólo aquellos escribas y fariseos. También nosotros podemos ser muchas veces víctimas de nuestros propios engaños e ilusiones. El hombre de hoy, podría decir, vive de apariencias. La importancia del "ser" cede cada vez más su lugar al simple "aparecer". Las consecuencias de este proceso de "degradación" de la propia identidad y de la conciencia son nefastas.

    Otras Ideas

  • Estas palabras del Señor nos recuerdan que debe existir una relación esencial entre las obras y la fe sincera en Dios. La "hipocrecía" de los Fariseos se entiende también como una especia de "fijación" en las obras externas, sin dar más importancia a la esencialidad de esos actos, a la fe o al fondo espiritual que es su fundamento. Las obras en sí mismas, pueden convertirse en actos vacíos, carentes de fondo espiritual y, por lo tanto, estériles desde su origen.
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    Viernes, 19 Octubre 2012 00:00

    Viernes XXVIII del Tiempo Ordinario

    Lecturas: Ef 1,11-14; Sal 32; Lc 12,1-7

    Cuidado con la mala levadura

    Captación

    Estas palabras de Jesús vienen justo después de los discursos tan afilados y recios que el Maestro lanza contra los Escribas y Fariseos. Justo antes de este pasaje San Lucas señala que a partir de este momento, los maestros de la Ley se dispusieron radicalmente contra Jesús y comenzaron a cuestionarlo y a tenderle trampas con el objeto de desprestigiarlo y matarlo. Pero mientras ellos tratan de eliminar a Jesús, la gente se atropeya por seguirlo y escucharlo.

    Cuerpo

    A estas masas que se atropeyan por escuchar a Jesús Él les dice: "Cuidado con la levadura de los Escribas y Fariseos, que es su hipocrecía". Jesús se refiere al "espíritu de la existencia", es decir el modo concreto de vivir que se convierte en feremento de nuestra existencia. La levadura de los fariseos, es decir, su modo de vivir es la hipocrecía. Todos podemos caer en la tentación de ser hipócritas en determinadas circunstancias, pero otra cosa es vivir una hipocrecía existencial, que es lo que Jesús critica en ellos. Esto significa que ya no importa quién se es realmente, sino quién se aparenta ser. El vicio de la hipocrecía está relacionado con la imagen personal frente a los demás. La motivación del actuar no es el amor por la verdad o por el prójimo, sino el amor por la propia imagen frente a los demás y el afán de defender una serie de cosas que forman parte de mi apariencia, en las que se ponen toda la seguridad personal. Es una manía que implica no aceptarse a sí mismo y querer ser algo que no se es. Por esto el Señor afirma que "no hay nada escondido que no será descubierto", pues esta búsqueda vana de la imagen en el fondo es una ilusión que no se sostiene y tarde o temprano revela su aguda mentira. Es una dinámica auto-destructiva. En oposición a este tipo de "levadura", está el principio que dona Jesús, que es el Espíritu que conduce a la Verdad.

    Conclusión

    ¿Cuál es el principio de mi propia vida? es lo que debemos preguntarnos. La no-aceptación de uno mismo y el afán por ser algo que no se es, que deriva en hipocrecía, es el principio de todos los males; conduce a vivir siempre en la mentira y alimentarse de ilusiones. Y el problema de esto es que nos impide adherirnos a la verdad que Jesús nos ofrece. Debemos desenmascarar nuestras hipocrecías y nuestra mentira existencial para poder acercarnos a la luz de la verdad que nos ofrece Jesús. 
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    Miércoles, 17 Octubre 2012 00:00

    Miércoles XXVIII del Tiempo Ordinario

    Lecturas: Gal 5,18-25; Sal 1; Lc 11,42-46

    ¡Ay de nosotros!

    Captación

    Estas palabras expresan un gran enfado por parte de Jesús contra los que deberían ser "maestros de la ley" y en cambio se convierten en piedra de escándalo por su doblez y su hipocrecía. Pero no nos confundamos. Jesús no condena el cumplimiento de la Ley. De hecho en otra circunstancia afirma: "Hagan y cumplan todo lo que ellos dicen, pero no los imiten, porque ellos enseñan y no practican" (Mt 23,3). Lo que Jesús critica es el hecho de poner el cumplimiento escrupuloso de preceptos por encima de ciertas cosas más importantes como la justicia, la misericordia, la fidelidad, la comprensión.

    Cuerpo

    Al parecer Jesús pronunció no una vez sino varias veces aquellas famosas y duras críticas contra los fariseos y escribas, poniendo a la luz su hipocrecía. En el Evangelio de hoy lo hace en casa de un fariseo que lo invita a comer. En el Evangelio de Mateo, en cambio, lo hace en un discurso público, frente a un gran número de gente. De hecho había una doble intención en las palabras de Cristo; en primer lugar, desenmascarar a aquellos que se hacían pasar por maestros, pero de ningún modo constituían un ejemplo para el pueblo; y en segundo lugar llamar a la conversión tanto a ellos, como a todos sus oyentes. Todos los que escuchaban esas palabras de Jesús en mayor o menor medida podían sentirlas como un reproche personal, pues todos los seres humanos, cada uno de diferente forma, podemos ser hipócritas e incoherentes. Sin duda alguna, nuestro camino hacia un cristianismo cada vez más auténtico y verdadero, pasa por la eliminación progresiva de todos nuestros dobleces, hipocrecías y auto-engaños.

    Conclusión

    Así es que cada uno de nosotros debe aceptar estas palabras de Jesús como una seria llamada de atención, y tal vez conviene decir para sí mismo: ¡ay de mí!, que doy lo justo y necesario para pacificar mi conciencia, pero no hago verdaderas obras de caridad; ¡ay de mí!, que soy esclavo de la vanidad, buscando que la gente me admire y me alabe, sin importarme ser auténtico; ¡ay de mí!, que juzgo a los demás y les exijo cosas que yo mismo no soy capaz de cumplir.

    Otras Ideas

  • Este tema de la relación entre "ley" y "libertad" también puede ser una ocasión para explicar los dos extremos en que se puede caer, al no comprender bien dicha relación: un extremo es el excesivo legalismo, que pone demasiado peso en las normas y preceptos convirtiéndolos en una justificación para no ejercer el amor y la misericordia; el otro extremos es una libertad mal usada, que desprecia ciertas normas o las pone en cuestión, con el pretexto de atender a un ideal superior, como puede ser también el "amor" y la "misericordia", pero mal entendidos. En este último caso entran por ejemplo aquellos que relativizan el valor de ciertas normas de la Iglesia con el pretexto de atender a una necesidad concreta, que demandaría pasar por encima de esas normas.
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